Islas Filipinas

Somos quienes somos en la pobreza y la necesidad.

Solo nos separa el agua.

Litros y litros de agua.

“el río lloraba

porque no quería morir

en el mar.

Cuanto más lloraba,

más rápido se acercaba

a él”.

En Filipinas descubrí los dioses de la naturaleza.

Vi la bondad del hombre del campo.

Y el salvajismo.

Estuve en un lugar donde la angustia huele a estiércol

y la felicidad tiene forma humana.

Donde la necesidad es todo y no significa nada.

Donde los niños no lloran porque no saben.

La luz brilla más. No sé el nombre de los colores ni las plantas ni las frutas. Estoy perdida en medio de la selva y me desoriento. No sé qué he aprendido. No sé qué les importa a los habitantes de Tagbilaran el Quijote ni qué les dice la palabra “vida”. Y nunca he sentido que he aprendido más, nunca me he sentido más viva.

Al intuir el sufrimiento, intuyo el horror del que se nutre una vida. Como si fuera el abono. Los frutos son sabrosos, abonados con el horror.

En Occidente tenemos miedo al miedo, estamos paralizados y no abonamos la vida, no entendemos que perder es ganar.

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