Lisboa

Luz, azul y blanco en calles anchas, tranquilas. Quizá imperfectas. Ciudad de discreto romanticismo, cadencia nostálgica y olor a puerto.

 

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Tres llantos

Hay un llanto suave, calmado:

el del marinero al llegar a puerto,

el de la madre con la criatura en brazos.

Es un llanto tibio

no de dicha, sino refugio.

Un llanto silencioso donde las lágrimas

brotan; más bien riegan, nutren, alimentan

la vida.

Un llanto en el que nos reconocemos.

Solitario, nos mece

como las olas, como los brazos.

 

***

Hay lágrimas desesperadas

que arden y huyen de los ojos

iracundas, rabiosas, sangrantes

cuando nos han herido.

Cuando el cristal incide sobre la blanda carne,

la sangre acude para protegernos

y las lágrimas delatan nuestra debilidad.

Lágrimas ardientes,

gritos silenciosos de impotencia.

Lárimas que desearíamos fuertes

y solo son gotitas de agua

– frágiles, escurridizas,

transparentes, nada.

Cuanto más ardiente este llanto

más desesperado está el corazón humano.

***

Hay un llanto de risa que se escapa

como si fuera demasiada la dicha,

como si el gozo

-“quizá ahora no es el momento”-

no debiera tener lugar.

Reímos aún así y nos miramos,

lloramos al vernos riendo al mismo tiempo.

Sabemos de pronto en ese instante, que el gozo es compartido.

No hay nada tan serio.

Una mirada cómplice

y estallamos en carcajadas,

hasta que el corazón pletórico no aguanta

y las lágrimas saltan expulsadas

de su continente, por exceso.

Uno siempre y solo ríe así con otro.

De vuelta

Nada hay más rutinario que la Navidad. Nochebuena siempre es el mismo día. En Nochevieja siempre suenan doce campanadas, ni una más ni una menos. Año Nuevo resacoso nos pilla desayunando a la hora de comer. Quizá este año cambie el turrón o haya un regalo inesperado pero, en general, sabemos a lo que vamos.

Nos esperan las visitas, las llamadas, las postales de compromiso. Sabemos quién vendrá a vernos, quién llamará, quién mandará una tarjeta. Compraremos los regalos a última hora. Nos colocaremos en el bando de los que sí se acaban las uvas o de los que ya ni lo intentan. Cantaremos inconscientemente “veinticinco de diciembre, fun, fun, fun”. Diremos “próspero” por primera y última vez en todo el año.

La única diferencia entre la rutina del día a día y la navideña es que la segunda se llama tradición. Pese a lo que digan los anunciantes, en estas fechas no hay sorpresa. Incluso los sentimientos contradictorios que genera la noche de reyes son previsibles.

Por eso, este año en el que no pasa nada especial, deseo con tantas ganas que lleguen estas fechas. Echo en falta esa breve rutina sin tedio. Busco los compromisos sociales con los amigos de siempre para sentir que el tiempo no pasa tan rápido, que todo aquello que viví intensamente puede contarse en una conversación de café. Resumimos meses en segundos, hacemos balance de un año completo mientras suenan los cuartos.

Hoy vuelvo a casa en autobús leyendo el futuro. Curiosamente, no veo ante mí un destino inevitable sino una promesa que vuelve a cumplirse. Me espera ahí delante la familia, las raíces, el origen, el pasado que no cambia y se actualiza cada año. Qué sorpresa, de pronto, esta reflexión. Qué paz. Y luego…  qué pereza.

Para el concurso #cuentosdeNavidad de Zenda

Ficción

Siento aún el hueco de tu presencia, una sombra a mi lado. Te escribo cartas con recuerdos inventados – tengo los cajones llenos – de esperanzas puestas en palabras. Tan detalladas que no distingo lo soñado de lo cierto. ¡Haz memoria! ¡Recuerda! ¡Estuviste aquí conmigo, en esta plaza, en este parque, en aquel café, en este país que los dos desconocemos! Tu presencia es una sombra aún tan densa que he llegado incluso, fíjate, a intentar tocarla.

Como un músico loco, anciano o sordo toca sobre el aire el instrumento que no tiene, supliendo la limitación de la vida con su mente enferma, así completo el futuro que faltó en nuestra historia.

Ficción. Este párrafo vuelve a ser otra carta sin respuesta guardada en el cajón (agujero negro) de la nostalgia, que golpea con puño certero. La realidad se tambalea, da dos pasos hacia atrás y cae de espaldas. Despierto del ensueño. Aquí tienen la sangre que brota de la herida.

Alta sociedad

Había una señora de la alta sociedad que se había adjudicado la misión educativa de dar un golpecito rápido y firme en la mano derecha de su hija en público cuando en los cócteles la niña iba a tomar su cuarto canapé; también le gustaba sonreír aunque nadie la mirara, por si algún rico se cruzaba de pronto y advertía algo en su sonrisa – ese algo que acabara en matrimonio o líos de faldas o, “¡por favor! ¡cualquier cosa!” que la distrajera de su aburrida vida de madre-que-reprende-en-los-cócteles-de-la-alta-sociedad.