Grito

No me des la espalda cuando te grito.

No te gires y te vayas.

Grítame también,

por favor,

te lo suplico.

Confiesa, dilo, contesta a mi aullido.

Yo aquí estoy de frente.

Habla todo lo alto que puedas

y  dime ahora

si me necesitas tanto

como yo te necesito.

Recuerda que grito pidiendo auxilio.

 

 

Image

Technicolor

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– ¿Otra vez ese sueño?

– Sí, otra vez. El pueblo en la costa, las plantas amarillas y todo tan lejano…

– ¿Aparecía Hitchcock?

– No, pero yo sabía que estaba ahí en algún sitio esperándome.

– ¿Aparecía alguien más? ¿Alguna actriz?

– No. Solo el paisaje y yo corriendo hacia la imagen, como intentando entrar en la pantalla.

– ¿Llegabas a tocar la imagen?

– No. Solo corría y lloraba y estaba convencida de que Hitchcock estaba en una casa en ese pueblo. Tenía que encontrarlo.

– ¿Algún sonido?

– Creo que sí… Un ruido constante de algo que gira automáticamente. Un tren lejano o el ruido de una película que se está proyectando, cada vez más fuerte. Y yo corriendo. De pronto me veía a mí misma, en primer plano, con una mano extendida, el rostro angustiado. Un contrapicado. Corría y no avanzaba. Entonces todo se volvía teatral, falso.

– Respira, Grace… ¿Algún detalle más? ¿Colores?

– ¡Sí! ¡Yo estaba en blanco y negro! ¡En blanco y negro!

– ¿Qué significa eso? ¿Cómo te sientes al estar en blanco y negro?

– ¡Fuera de la imagen! ¡Estoy fuera y no puedo entrar! La imagen está coloreada y yo estoy en blanco y negro… – Grace Kelly comienza a sollozar. – Algo va a cambiar. Algo va a cambiar pronto y no podré hacer nada.

– ¿Amarillo?

– Envidia

– ¿Mar?

– Soledad

– ¿Cine?

– ¡Prohibido!

Grace Kelly llora angustiada y mira al doctor que toma notas en su cuaderno.

– Es una premonición, ¿verdad?

– Aún no podemos saberlo, Grace. No lo sabremos hasta el final de la película.

 

Tres llantos

Hay un llanto suave, calmado:

el del marinero al llegar a puerto,

el de la madre con la criatura en brazos.

Es un llanto tibio

no de dicha, sino refugio.

Un llanto silencioso donde las lágrimas

brotan; más bien riegan, nutren, alimentan

la vida.

Un llanto en el que nos reconocemos.

Solitario, nos mece

como las olas, como los brazos.

 

***

Hay lágrimas desesperadas

que arden y huyen de los ojos

iracundas, rabiosas, sangrantes

cuando nos han herido.

Cuando el cristal incide sobre la blanda carne,

la sangre acude para protegernos

y las lágrimas delatan nuestra debilidad.

Lágrimas ardientes,

gritos silenciosos de impotencia.

Lárimas que desearíamos fuertes

y solo son gotitas de agua

– frágiles, escurridizas,

transparentes, nada.

Cuanto más ardiente este llanto

más desesperado está el corazón humano.

***

Hay un llanto de risa que se escapa

como si fuera demasiada la dicha,

como si el gozo

-“quizá ahora no es el momento”-

no debiera tener lugar.

Reímos aún así y nos miramos,

lloramos al vernos riendo al mismo tiempo.

Sabemos de pronto en ese instante, que el gozo es compartido.

No hay nada tan serio.

Una mirada cómplice

y estallamos en carcajadas,

hasta que el corazón pletórico no aguanta

y las lágrimas saltan expulsadas

de su continente, por exceso.

Uno siempre y solo ríe así con otro.

De vuelta

Nada hay más rutinario que la Navidad. Nochebuena siempre es el mismo día. En Nochevieja siempre suenan doce campanadas, ni una más ni una menos. Año Nuevo resacoso nos pilla desayunando a la hora de comer. Quizá este año cambie el turrón o haya un regalo inesperado pero, en general, sabemos a lo que vamos.

Nos esperan las visitas, las llamadas, las postales de compromiso. Sabemos quién vendrá a vernos, quién llamará, quién mandará una tarjeta. Compraremos los regalos a última hora. Nos colocaremos en el bando de los que sí se acaban las uvas o de los que ya ni lo intentan. Cantaremos inconscientemente “veinticinco de diciembre, fun, fun, fun”. Diremos “próspero” por primera y última vez en todo el año.

La única diferencia entre la rutina del día a día y la navideña es que la segunda se llama tradición. Pese a lo que digan los anunciantes, en estas fechas no hay sorpresa. Incluso los sentimientos contradictorios que genera la noche de reyes son previsibles.

Por eso, este año en el que no pasa nada especial, deseo con tantas ganas que lleguen estas fechas. Echo en falta esa breve rutina sin tedio. Busco los compromisos sociales con los amigos de siempre para sentir que el tiempo no pasa tan rápido, que todo aquello que viví intensamente puede contarse en una conversación de café. Resumimos meses en segundos, hacemos balance de un año completo mientras suenan los cuartos.

Hoy vuelvo a casa en autobús leyendo el futuro. Curiosamente, no veo ante mí un destino inevitable sino una promesa que vuelve a cumplirse. Me espera ahí delante la familia, las raíces, el origen, el pasado que no cambia y se actualiza cada año. Qué sorpresa, de pronto, esta reflexión. Qué paz. Y luego…  qué pereza.

Para el concurso #cuentosdeNavidad de Zenda