Cachorros

La perra tuvo cachorros en otoño, dio a luz en casa de Carmen. Tuvo varías crías y todas salieron bien, primero la cabeza y luego el resto del cuerpo. Ella iba lamiéndolas a medida que las veía aparecer. Temblaba.

Paula estaba detrás de la verja de la casa, con una muñeca en la mano, y miraba la escena desde la distancia.

-¿Cómo se van a llamar?

-Aún no lo sé, ve pensando algún nombre.

Carmen preparaba un barreño con agua en la cocina. Paula se acercaba al animal con pasos cortos, la mirada fija en la cría que se asomaba. Un par de cachorros mamaban con los ojos cerrados. La perra seguía temblando, parecía cansada.

Paula se agachó y se aproximó a su hocico.

-Si le tiro un palo, ¿correrá a por él como hace siempre?

-¡Aparta, no la toques! Ahora no puede jugar – gritó Carmen.

Paula se quedó quieta frente al animal, con gesto de asombro y pena.

-Todos nacemos así, es ley de vida. – Carmen puso el balde con agua en el suelo. – Y algún día, cuando tengas hijos, tú harás algo muy parecido.

La perra seguía lamiendo la piel de las crías. Paula respiraba profundamente y esperó a que Carmen volviera a entrar en la casa.

Cuando ya no podía verla, la niña cogió la muñeca por los tobillos, le dio un beso y la lanzó lo más lejos que pudo, más allá de la verja. Miró de nuevo al animal, que permaneció inmutable, con la mirada atenta a sus cachorros.

Cumpleaños

Llamó mamá. Quería vernos a las tres en casa el día de su cumpleaños: “me queda poco de vida, Laura”, “no sé si aguantaré otro año más, Sonia”, “quién sabe si volveremos a vernos, Bea”.

Como sucedía año tras año desde que nos fuimos de casa y la “abandonamos”, cada una contestó a su súplica: “no digas tonterías” – se rio Laura – “tienes ochenta años, es normal que te sientas vieja… claro, y el ataque al corazón… pero bueno, mujer, no hay que sacarlo de quicio”. Sonia usó el habitual reproche: “mamá solo quieres llamar la atención. Fue mi cumpleaños hace dos meses y ni siquiera me llamaste, se te olvidó. ¿Me pides ahora que cambie todos mis planes por ti?” Y yo, que jamás logré entender ese humor ácido de mi familia, rompí todo el encanto con el tono cansino de quien ha escuchado la misma broma doscientas veces: “sí, mamá, iré y te haremos la fiesta sorpresa como todos los años. Dejadlo ya, por favor, estas cosas no hacen gracia.”

Como sucedía año tras año, mamá se enfadó conmigo, me llamó sosa y rancia con voz lastimera, mientras servía un pedazo de pastel a Laura, a Sonia y a mí. Todas se reían. Así que, como en cada cumpleaños de mamá, me reí también.

París

Una silueta, una sombra, un sueño siempre deseado. París: el gran símbolo. Alejandra decidió de pronto tomar el avión, recorrer esa distancia entre la representación y la ciudad real, superar la diferencia de la escala de los mapas y los souvenires.

Fue de noche al Puente Nuevo, o al menos así lo recuerda. Le envolvía la bruma que se forma junto al Sena. Bruma de frío, piedra, historia, literatura e imágenes ya conocidas.

Qué gran búsqueda, encontrar París entre la niebla.

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Une promenade – Toulouse

Ce n’est pas un poème français.

Mentira y pretensión.

Escucha bien: más de diecinueve mil pasos no hacen un paseo.

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La conversación va y vuelve con sus recovecos

como el Garona se retuerce atravesando la ciudad

sin mezclarse con el asfalto.

Arrastra un torrente de agua, pensamiento y silencios.

 

Caminar.

Conversar.

 

La lluvia a veces furiosa y otras ligera

casi alegre

nos sacude, desprevenidas y absortas.

Su frescor desata el yo anudado:

provoca de pronto una crecida.

De pronto, hablamos de recuerdos.

 

Parar.

Observar.

 

La ciudad respira sosegada, a ritmo de rueda de bicicleta… susurro constante,

giro y recorrido infinito.

 

En la promenade repetimos palabras viejas con fascinación nueva.

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Toulouse – octubre 2017

Alta sociedad

Había una señora de la alta sociedad que se había adjudicado la misión educativa de dar un golpecito rápido y firme en la mano derecha de su hija en público cuando en los cócteles la niña iba a tomar su cuarto canapé; también le gustaba sonreír aunque nadie la mirara, por si algún rico se cruzaba de pronto y advertía algo en su sonrisa – ese algo que acabara en matrimonio o líos de faldas o, “¡por favor! ¡cualquier cosa!” que la distrajera de su aburrida vida de madre-que-reprende-en-los-cócteles-de-la-alta-sociedad.

Distancia

El color que no existe se crea y se mueve en la distancia. Cuando te acercas, son solo rayas y finos trocitos de plástico que llegan a abrumar si pegas tu nariz al cuadro. Te alejas y todo parece más coherente pero indefinible. No me atrevería a decir de qué color es este cuadro de Cruz-Diez.

Así le pasaba a Verónica con ciertas personas. A veces no sabía decir qué le gustaba en concreto ni qué le desagraba, solo guardaba la impresión grabada de una sensación, un efecto de conjunto. Cuando intentaba acercarse y entender de qué estaba hecho el otro, cada raya, cada plastiquito que sobresalía del cuadro, le agobiaba. Conocer a alguien era una tarea agotadora. Tenía que forzar la vista, eliminar el efecto embriagador para ver cada rasgo del cuadro tal cual era. Entonces se alejaba. En la distancia todo parecía más armónico: “no sé qué es esto, pero todo está en orden”. Verónica, por tanto, siempre mantenía una distancia prudencial e iba mirando las cosas desde distintas perspectivas para explorar sus sensaciones, como los cuadros de colores variables de Cruz-Diez. Pero jamás se atrevía a mirar uno de cerca. Temía volverse loca. No entendía nada. El arte es otra cosa, se decía Verónica, no sé qué pero otra cosa, algo más que rayitas y trocitos de plástico.

Cruz Diez, Induction Chromatique serie Jorge Antonio A, 2011

Carlos Cruz – Diez. Hasta noviembre en la Galería Cayón, Madrid