Proyecto Manos en Kickstarter

En agosto de 2018 tuve la oportunidad de realizar una estancia en la casa de la Cooperativa Sankara, en Puentearenas, Burgos. Me acogieron como artista residente a lo largo de una semana, para desarrollar el proyecto Manos.
En esta obra, quiero recoger fotografías e historias de las manos que habitan estos lugares. Las manos trabajan el terreno, tienen la capacidad de transformar y crear. En las manos se refleja el paso del tiempo, las heridas, el trabajo, el amor, los adornos. Las manos son al mismo tiempo fuerza y caricia. Son huellas de nuestra identidad.

Estoy editando mi primer libro, con la ayuda de Fundación Caja de Burgos, en el que recojo las historias y las fotografías de algunos habitantes del Valle de Valdivielso. Creo que, en realidad, pueden ser historias universales que representan la memoria y el presente de nuestros pueblos.

He lanzado una campaña en Kickstarter, una plataforma de pago online, para que puedas comprar el libro con antelación. Además de ayudarme a publicar esta pequeña obra, podré calcular las impresiones que necesito. Idealmente, una vez el libro esté editado e impreso, a finales de noviembre, podré dártelo en mano y será una gran oportunidad de conversar – ese espíritu de diálogo y cercanía es el que ha impulsado la creación de esta obra y es el que me gustaría mantener, incluso en los entornos virtuales.

Si tienes alguna duda o sugerencia, puedes dejarla en los comentarios de este artículo o escribirme a marinapereda@gmail.com

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Cachorros

La perra tuvo cachorros en otoño, dio a luz en casa de Carmen. Tuvo varías crías y todas salieron bien, primero la cabeza y luego el resto del cuerpo. Ella iba lamiéndolas a medida que las veía aparecer. Temblaba.

Paula estaba detrás de la verja de la casa, con una muñeca en la mano, y miraba la escena desde la distancia.

-¿Cómo se van a llamar?

-Aún no lo sé, ve pensando algún nombre.

Carmen preparaba un barreño con agua en la cocina. Paula se acercaba al animal con pasos cortos, la mirada fija en la cría que se asomaba. Un par de cachorros mamaban con los ojos cerrados. La perra seguía temblando, parecía cansada.

Paula se agachó y se aproximó a su hocico.

-Si le tiro un palo, ¿correrá a por él como hace siempre?

-¡Aparta, no la toques! Ahora no puede jugar – gritó Carmen.

Paula se quedó quieta frente al animal, con gesto de asombro y pena.

-Todos nacemos así, es ley de vida. – Carmen puso el balde con agua en el suelo. – Y algún día, cuando tengas hijos, tú harás algo muy parecido.

La perra seguía lamiendo la piel de las crías. Paula respiraba profundamente y esperó a que Carmen volviera a entrar en la casa.

Cuando ya no podía verla, la niña cogió la muñeca por los tobillos, le dio un beso y la lanzó lo más lejos que pudo, más allá de la verja. Miró de nuevo al animal, que permaneció inmutable, con la mirada atenta a sus cachorros.

Diente de león

The dandelions are starting to bloom now in the garden.

Los dientes de león están empezando a florecer en el jardín.

Cuando viví en Inglaterra, Alisha me acogió en su casa durante unos meses a cambio de un alquiler semanal. Me cuidó como si fuera una nieta. Solía ir a su habitación, ella se tumbaba en la cama, charlábamos y tomábamos té. Nos gustaba hablar de cosas sencillas, de lo que habíamos hecho en el día y de qué íbamos a cocinar mañana; a veces me hablaba de sus hijos y sus nietos. Se reía de mí porque yo siempre acompañaba el té con tostadas untadas de mantequilla de cacahuete. Aún hoy, cuando han pasado siete años, me acuerdo de ella cada vez que huelo el curry.

Alisha lloró el día que me fui. Un tiempo después, me escribió una carta breve, solo algunas líneas, para decirme que todo iba bien. Terminó así: “the dandelions are starting to bloom now in the garden”. Aquella imagen de la naturaleza despertándose, del pequeño huerto con verduras y flores en la parte de atrás de la casa, trajo el llanto a deshora. Lloré entonces la despedida, con una nostalgia de flor viajera en un desfase de tiempo y espacio. La memoria enterrada florecía abruptamente dejándome con la carta en la mano, paralizada durante unos segundos.

En mi recuerdo, miré por la ventana hacia el jardín de aquella casa que no era mía pero sí lo fue – ¡sí, lo fue! – en todos esos meses. El hogar de tantas chicas lanzadas al aire, volando hasta allí desde todas las partes del mundo, como esporas impulsadas por un soplo de aire. Todas buscando, abriéndose paso en una ciudad desconocida y aterrizando en la casa con el jardín donde crecen los dientes de león, dandelion, abuelitos.

Cumpleaños

Llamó mamá. Quería vernos a las tres en casa el día de su cumpleaños: “me queda poco de vida, Laura”, “no sé si aguantaré otro año más, Sonia”, “quién sabe si volveremos a vernos, Bea”.

Como sucedía año tras año desde que nos fuimos de casa y la “abandonamos”, cada una contestó a su súplica: “no digas tonterías” – se rio Laura – “tienes ochenta años, es normal que te sientas vieja… claro, y el ataque al corazón… pero bueno, mujer, no hay que sacarlo de quicio”. Sonia usó el habitual reproche: “mamá solo quieres llamar la atención. Fue mi cumpleaños hace dos meses y ni siquiera me llamaste, se te olvidó. ¿Me pides ahora que cambie todos mis planes por ti?” Y yo, que jamás logré entender ese humor ácido de mi familia, rompí todo el encanto con el tono cansino de quien ha escuchado la misma broma doscientas veces: “sí, mamá, iré y te haremos la fiesta sorpresa como todos los años. Dejadlo ya, por favor, estas cosas no hacen gracia.”

Como sucedía año tras año, mamá se enfadó conmigo, me llamó sosa y rancia con voz lastimera, mientras servía un pedazo de pastel a Laura, a Sonia y a mí. Todas se reían. Así que, como en cada cumpleaños de mamá, me reí también.

Fuga

El pasado martes 12 de junio terminó el taller La libido del capital. Fueron cuatro sesiones de dos horas – aunque afortunadamente siempre nos alargamos un poquito – en las que tuve la gran oportunidad de aprender, escuchar y debatir.

El eje de la discusión era el deseo, entendido más allá de lo individual, como una fuerza, motor o germen que puede cambiar el destino de una colectividad. Amador nos propuso un breve recorrido histórico y filosófico para comprender cómo se han ido gestando ciertas tendencias políticas, sociales… que modifican el deseo de los individuos desde los años 60 hasta hoy. A grandes rasgos (muy grandes), la premisa es: en los años setenta, la aspiración era acabar con el aburrimiento, la autoridad externa, la represión, el trabajo físico y la vida estrictamente pautada mientras que hoy ansiamos un cambio de paradigma para poder escapar del agobio, la hiperproductividad, el ritmo frenético, el utilitarismo y el cansancio mental, muchas veces originado – aparentemente – por nosotros mismos.

Este era el marco en el que se situó el debate. En las dos últimas sesiones se nos invitó a presentar propuestas en las que nuestro deseo – latente, asfixiado por los quehaceres cotidianos, supeditado a las expectativas ajenas y propias – encontraba un espacio para manifestarse. Hubo propuestas de todo tipo: textos autobiográficos, silenciosas formas de revolución contra la industria de los cosméticos, búsquedas en forma de viaje (a otro país, al campo), conexión con el propio cuerpo y la vida en presente.

El último día presenté un texto que escribí al hilo de los temas que habían surgido durante el taller y con el que quise crear un pequeño momento de fuga, de poesía compartida.

 

fuga,

escribo con un lapicero.

Me reconozco en la caligrafía menuda y firme,

letras redondas, seguras.

Tacho “seguras”.

Veo la palabra tachada, el error frente a mí

escrito y negado de mi puño y letra.

Veo la mina del lápiz que se gasta,

que baila sobre la hoja,

deshaciéndose en ella.

Se vuelve la mina, la punta del lápiz, cada vez más blanda,

suave.

Suave mi lapicero guiado por mi mano, guiada por mi alma,

crea algo nuevo en la pálida superficie asombrada

de la hoja blanca.

Escribo palabras que todos usan para decir lo que no se ha dicho nunca.

Escribo fuga 

y el tiempo se para.

Escribo fuga

y el espacio se diluye.

Ya soy mina, hoja, palabra, poema.

Ya estoy no haciendo nada.

fuga

Taller en Matadero Madrid

Este mediodía he recibido un correo confirmando que estaba seleccionada para participar en el programa de Residencia Artística de Matadero Madrid; en concreto, en el taller La libido del capital (y la nuestra), impartido por Amador Fernández-Savater. Aquí toda la información.

La participación era sencilla, solo había que contestar a la pregunta “¿cuál es la libido del capital?” por correo electrónico. Mi mail fue bastante improvisado pero sincero y también adjunté un breve ensayo. No sé si el proceso de selección ha sido muy riguroso o no, lo importante es que será un taller súper interesante y lo aprovecharé al máximo.

Aquí os dejo mi respuesta, que va en la línea del contenido del taller. La comparto por si os habéis quedado con la curiosidad y para que la tengáis a mano – nunca se sabe qué nos pueden preguntar en el momento más inesperado:

“Concibo la creación artística como sueño creador, impulso de vida y expresión máxima de libertad. Creo que la libido del capital y la nuestra es el control constante del yo, que se mueve únicamente por el placer del “objetivo alcanzado” y el ansia de reconocimiento social en forma de resultados. En esa dialéctica de opuestos entre la libertad y la alienación se debate el individuo contemporáneo. Esta cultura dominante afecta en especial al artista o filósofo, que debe y necesita encontrar tiempo y lugar para la reflexión.”

¡Empiezo el próximo martes, os mantendré informados!

 

 

París

Una silueta, una sombra, un sueño siempre deseado. París: el gran símbolo. Alejandra decidió de pronto tomar el avión, recorrer esa distancia entre la representación y la ciudad real, superar la diferencia de la escala de los mapas y los souvenires.

Fue de noche al Puente Nuevo, o al menos así lo recuerda. Le envolvía la bruma que se forma junto al Sena. Bruma de frío, piedra, historia, literatura e imágenes ya conocidas.

Qué gran búsqueda, encontrar París entre la niebla.

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