Une promenade – Toulouse

Ce n’est pas un poème français.

Mentira y pretensión.

Escucha bien: más de diecinueve mil pasos no hacen un paseo.

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La conversación va y vuelve con sus recovecos

como el Garona se retuerce atravesando la ciudad

sin mezclarse con el asfalto.

Arrastra un torrente de agua, pensamiento y silencios.

 

Caminar.

Conversar.

 

La lluvia a veces furiosa y otras ligera

casi alegre

nos sacude, desprevenidas y absortas.

Su frescor desata el yo anudado:

provoca de pronto una crecida.

De pronto, hablamos de recuerdos.

 

Parar.

Observar.

 

La ciudad respira sosegada, a ritmo de rueda de bicicleta… susurro constante,

giro y recorrido infinito.

 

En la promenade repetimos palabras viejas con fascinación nueva.

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Toulouse – octubre 2017

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Tres llantos

Hay un llanto suave, calmado:

el del marinero al llegar a puerto,

el de la madre con la criatura en brazos.

Es un llanto tibio

no de dicha, sino refugio.

Un llanto silencioso donde las lágrimas

brotan; más bien riegan, nutren, alimentan

la vida.

Un llanto en el que nos reconocemos.

Solitario, nos mece

como las olas, como los brazos.

 

***

Hay lágrimas desesperadas

que arden y huyen de los ojos

iracundas, rabiosas, sangrantes

cuando nos han herido.

Cuando el cristal incide sobre la blanda carne,

la sangre acude para protegernos

y las lágrimas delatan nuestra debilidad.

Lágrimas ardientes,

gritos silenciosos de impotencia.

Lárimas que desearíamos fuertes

y solo son gotitas de agua

– frágiles, escurridizas,

transparentes, nada.

Cuanto más ardiente este llanto

más desesperado está el corazón humano.

***

Hay un llanto de risa que se escapa

como si fuera demasiada la dicha,

como si el gozo

-“quizá ahora no es el momento”-

no debiera tener lugar.

Reímos aún así y nos miramos,

lloramos al vernos riendo al mismo tiempo.

Sabemos de pronto en ese instante, que el gozo es compartido.

No hay nada tan serio.

Una mirada cómplice

y estallamos en carcajadas,

hasta que el corazón pletórico no aguanta

y las lágrimas saltan expulsadas

de su continente, por exceso.

Uno siempre y solo ríe así con otro.

Cigarro

No hace falta que hagas nada.
Deja solo que mire cómo andas, cómo hablas, cómo fumas.
Cómo mi poesía se vuelve barata.
Tartamudeo, pierdo palabras igual que pierdo mecheros,
mecheros siempre prestados.
Son la excusa, como excusa son mis versos, para fumar contigo
otro silencioso cigarro.