Diente de león

The dandelions are starting to bloom now in the garden.

Los dientes de león están empezando a florecer en el jardín.

Cuando viví en Inglaterra, Alisha me acogió en su casa durante unos meses a cambio de un alquiler semanal. Me cuidó como si fuera una nieta. Solía ir a su habitación, ella se tumbaba en la cama, charlábamos y tomábamos té. Nos gustaba hablar de cosas sencillas, de lo que habíamos hecho en el día y de qué íbamos a cocinar mañana; a veces me hablaba de sus hijos y sus nietos. Se reía de mí porque yo siempre acompañaba el té con tostadas untadas de mantequilla de cacahuete. Aún hoy, cuando han pasado siete años, me acuerdo de ella cada vez que huelo el curry.

Alisha lloró el día que me fui. Un tiempo después, me escribió una carta breve, solo algunas líneas, para decirme que todo iba bien. Terminó así: “the dandelions are starting to bloom now in the garden”. Aquella imagen de la naturaleza despertándose, del pequeño huerto con verduras y flores en la parte de atrás de la casa, trajo el llanto a deshora. Lloré entonces la despedida, con una nostalgia de flor viajera en un desfase de tiempo y espacio. La memoria enterrada florecía abruptamente dejándome con la carta en la mano, paralizada durante unos segundos.

En mi recuerdo, miré por la ventana hacia el jardín de aquella casa que no era mía pero sí lo fue – ¡sí, lo fue! – en todos esos meses. El hogar de tantas chicas lanzadas al aire, volando hasta allí desde todas las partes del mundo, como esporas impulsadas por un soplo de aire. Todas buscando, abriéndose paso en una ciudad desconocida y aterrizando en la casa con el jardín donde crecen los dientes de león, dandelion, abuelitos.

Fuga

El pasado martes 12 de junio terminó el taller La libido del capital. Fueron cuatro sesiones de dos horas – aunque afortunadamente siempre nos alargamos un poquito – en las que tuve la gran oportunidad de aprender, escuchar y debatir.

El eje de la discusión era el deseo, entendido más allá de lo individual, como una fuerza, motor o germen que puede cambiar el destino de una colectividad. Amador nos propuso un breve recorrido histórico y filosófico para comprender cómo se han ido gestando ciertas tendencias políticas, sociales… que modifican el deseo de los individuos desde los años 60 hasta hoy. A grandes rasgos (muy grandes), la premisa es: en los años setenta, la aspiración era acabar con el aburrimiento, la autoridad externa, la represión, el trabajo físico y la vida estrictamente pautada mientras que hoy ansiamos un cambio de paradigma para poder escapar del agobio, la hiperproductividad, el ritmo frenético, el utilitarismo y el cansancio mental, muchas veces originado – aparentemente – por nosotros mismos.

Este era el marco en el que se situó el debate. En las dos últimas sesiones se nos invitó a presentar propuestas en las que nuestro deseo – latente, asfixiado por los quehaceres cotidianos, supeditado a las expectativas ajenas y propias – encontraba un espacio para manifestarse. Hubo propuestas de todo tipo: textos autobiográficos, silenciosas formas de revolución contra la industria de los cosméticos, búsquedas en forma de viaje (a otro país, al campo), conexión con el propio cuerpo y la vida en presente.

El último día presenté un texto que escribí al hilo de los temas que habían surgido durante el taller y con el que quise crear un pequeño momento de fuga, de poesía compartida.

 

fuga,

escribo con un lapicero.

Me reconozco en la caligrafía menuda y firme,

letras redondas, seguras.

Tacho “seguras”.

Veo la palabra tachada, el error frente a mí

escrito y negado de mi puño y letra.

Veo la mina del lápiz que se gasta,

que baila sobre la hoja,

deshaciéndose en ella.

Se vuelve la mina, la punta del lápiz, cada vez más blanda,

suave.

Suave mi lapicero guiado por mi mano, guiada por mi alma,

crea algo nuevo en la pálida superficie asombrada

de la hoja blanca.

Escribo palabras que todos usan para decir lo que no se ha dicho nunca.

Escribo fuga 

y el tiempo se para.

Escribo fuga

y el espacio se diluye.

Ya soy mina, hoja, palabra, poema.

Ya estoy no haciendo nada.

fuga

Taller en Matadero Madrid

Este mediodía he recibido un correo confirmando que estaba seleccionada para participar en el programa de Residencia Artística de Matadero Madrid; en concreto, en el taller La libido del capital (y la nuestra), impartido por Amador Fernández-Savater. Aquí toda la información.

La participación era sencilla, solo había que contestar a la pregunta “¿cuál es la libido del capital?” por correo electrónico. Mi mail fue bastante improvisado pero sincero y también adjunté un breve ensayo. No sé si el proceso de selección ha sido muy riguroso o no, lo importante es que será un taller súper interesante y lo aprovecharé al máximo.

Aquí os dejo mi respuesta, que va en la línea del contenido del taller. La comparto por si os habéis quedado con la curiosidad y para que la tengáis a mano – nunca se sabe qué nos pueden preguntar en el momento más inesperado:

“Concibo la creación artística como sueño creador, impulso de vida y expresión máxima de libertad. Creo que la libido del capital y la nuestra es el control constante del yo, que se mueve únicamente por el placer del “objetivo alcanzado” y el ansia de reconocimiento social en forma de resultados. En esa dialéctica de opuestos entre la libertad y la alienación se debate el individuo contemporáneo. Esta cultura dominante afecta en especial al artista o filósofo, que debe y necesita encontrar tiempo y lugar para la reflexión.”

¡Empiezo el próximo martes, os mantendré informados!