Une promenade – Toulouse

Ce n’est pas un poème français.

Mentira y pretensión.

Escucha bien: más de diecinueve mil pasos no hacen un paseo.

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La conversación va y vuelve con sus recovecos

como el Garona se retuerce atravesando la ciudad

sin mezclarse con el asfalto.

Arrastra un torrente de agua, pensamiento y silencios.

 

Caminar.

Conversar.

 

La lluvia a veces furiosa y otras ligera

casi alegre

nos sacude, desprevenidas y absortas.

Su frescor desata el yo anudado:

provoca de pronto una crecida.

De pronto, hablamos de recuerdos.

 

Parar.

Observar.

 

La ciudad respira sosegada, a ritmo de rueda de bicicleta… susurro constante,

giro y recorrido infinito.

 

En la promenade repetimos palabras viejas con fascinación nueva.

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Toulouse – octubre 2017

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Image

Technicolor

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– ¿Otra vez ese sueño?

– Sí, otra vez. El pueblo en la costa, las plantas amarillas y todo tan lejano…

– ¿Aparecía Hitchcock?

– No, pero yo sabía que estaba ahí en algún sitio esperándome.

– ¿Aparecía alguien más? ¿Alguna actriz?

– No. Solo el paisaje y yo corriendo hacia la imagen, como intentando entrar en la pantalla.

– ¿Llegabas a tocar la imagen?

– No. Solo corría y lloraba y estaba convencida de que Hitchcock estaba en una casa en ese pueblo. Tenía que encontrarlo.

– ¿Algún sonido?

– Creo que sí… Un ruido constante de algo que gira automáticamente. Un tren lejano o el ruido de una película que se está proyectando, cada vez más fuerte. Y yo corriendo. De pronto me veía a mí misma, en primer plano, con una mano extendida, el rostro angustiado. Un contrapicado. Corría y no avanzaba. Entonces todo se volvía teatral, falso.

– Respira, Grace… ¿Algún detalle más? ¿Colores?

– ¡Sí! ¡Yo estaba en blanco y negro! ¡En blanco y negro!

– ¿Qué significa eso? ¿Cómo te sientes al estar en blanco y negro?

– ¡Fuera de la imagen! ¡Estoy fuera y no puedo entrar! La imagen está coloreada y yo estoy en blanco y negro… – Grace Kelly comienza a sollozar. – Algo va a cambiar. Algo va a cambiar pronto y no podré hacer nada.

– ¿Amarillo?

– Envidia

– ¿Mar?

– Soledad

– ¿Cine?

– ¡Prohibido!

Grace Kelly llora angustiada y mira al doctor que toma notas en su cuaderno.

– Es una premonición, ¿verdad?

– Aún no podemos saberlo, Grace. No lo sabremos hasta el final de la película.

 

24/03/2015

Hoy salí a dar un paseo por Madrid. A pesar de los meses que pasan, sigue siendo un lugar inesperado donde siento que he aterrizado como por sorpresa. Grata sorpresa a la que no acabo de acostumbrarme. Ciudad homogénea, sólida y donde los descubrimientos se hacen poco a poco.

A primera hora de la tarde, las calles desiertas y las iglesias comienzan a llenarse para celebrar la Semana Santa. Dentro de la iglesia, señoras con joyas. Hombres bien vestidos. Niñas con lazos. Durante la misa, algunas lágrimas. No hago fotografías.

Fuera, después de los oficios, la gente empieza a agruparse en las calles donde pasará la procesión. Muchos quieren ver a la Virgen.

Poco a poco, me voy alejando de la gente. Siguen a mi alrededor pero solo me fijo en el folcore, algún anciano desprevenido, el hombre invisible de la Plaza Mayor. Prefiero – me llaman – los detalles de las fachadas, los cambios de luz del atardecer que se acerca, los primeros brotes de la primavera. Una sombra efímera en el cristal perfecto y pulido.

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De pronto, un árbol naranja en una calle mirándome de frente, como una pequeña llama encendida en mitad de la indiferencia buscando arder no para destruir, sino para llenarlo todo de luz. Mirándome y pidiéndome una foto. Obedezco.

Ahora ya en casa lo miro. Lo transformo. Lo literaturizo. Lo miento. Para que lo veáis tan fugaz y tan iluminador como yo lo he visto en esa fracción de segundo en la que hemos dialogado.

arbol madrid semana santa

Porque de eso, de la búsqueda y la pasión y el descubrimiento y el chispazo de fuego, trata este oficio. Y el paseo y el camino.

 

Roma

vaticano

Aquel atardecer junto al Vaticano.

La luz púrpura y el pájaro se posó en el árbol.

El murmullo de las oraciones de las monjas.

 

Roma parecía tan quieta, tan callada.

La poderosa cúpula me cobija

cuando me enredo en las ramas

hiriéndome las alas

que a veces sangran.

 

La imagen del recuerdo de aquella paz

me eleva en corriente de aire

como nube o pájaro ligero

como oración materna susurrada al viento.

 

Me llevan,

la imagen y el alma,

hasta Roma eterna

Roma iluminada

Roma quieta

Roma casa

Roma madre

Roma dulce

Roma paloma blanca

que sana mi herida.