Lisboa

Luz, azul y blanco en calles anchas, tranquilas. Quizá imperfectas. Ciudad de discreto romanticismo, cadencia nostálgica y olor a puerto.

 

Advertisements

De vuelta

Nada hay más rutinario que la Navidad. Nochebuena siempre es el mismo día. En Nochevieja siempre suenan doce campanadas, ni una más ni una menos. Año Nuevo resacoso nos pilla desayunando a la hora de comer. Quizá este año cambie el turrón o haya un regalo inesperado pero, en general, sabemos a lo que vamos.

Nos esperan las visitas, las llamadas, las postales de compromiso. Sabemos quién vendrá a vernos, quién llamará, quién mandará una tarjeta. Compraremos los regalos a última hora. Nos colocaremos en el bando de los que sí se acaban las uvas o de los que ya ni lo intentan. Cantaremos inconscientemente “veinticinco de diciembre, fun, fun, fun”. Diremos “próspero” por primera y última vez en todo el año.

La única diferencia entre la rutina del día a día y la navideña es que la segunda se llama tradición. Pese a lo que digan los anunciantes, en estas fechas no hay sorpresa. Incluso los sentimientos contradictorios que genera la noche de reyes son previsibles.

Por eso, este año en el que no pasa nada especial, deseo con tantas ganas que lleguen estas fechas. Echo en falta esa breve rutina sin tedio. Busco los compromisos sociales con los amigos de siempre para sentir que el tiempo no pasa tan rápido, que todo aquello que viví intensamente puede contarse en una conversación de café. Resumimos meses en segundos, hacemos balance de un año completo mientras suenan los cuartos.

Hoy vuelvo a casa en autobús leyendo el futuro. Curiosamente, no veo ante mí un destino inevitable sino una promesa que vuelve a cumplirse. Me espera ahí delante la familia, las raíces, el origen, el pasado que no cambia y se actualiza cada año. Qué sorpresa, de pronto, esta reflexión. Qué paz. Y luego…  qué pereza.

Para el concurso #cuentosdeNavidad de Zenda

Ficción

Siento aún el hueco de tu presencia, una sombra a mi lado. Te escribo cartas con recuerdos inventados – tengo los cajones llenos – de esperanzas puestas en palabras. Tan detalladas que no distingo lo soñado de lo cierto. ¡Haz memoria! ¡Recuerda! ¡Estuviste aquí conmigo, en esta plaza, en este parque, en aquel café, en este país que los dos desconocemos! Tu presencia es una sombra aún tan densa que he llegado incluso, fíjate, a intentar tocarla.

Como un músico loco, anciano o sordo toca sobre el aire el instrumento que no tiene, supliendo la limitación de la vida con su mente enferma, así completo el futuro que faltó en nuestra historia.

Ficción. Este párrafo vuelve a ser otra carta sin respuesta guardada en el cajón (agujero negro) de la nostalgia, que golpea con puño certero. La realidad se tambalea, da dos pasos hacia atrás y cae de espaldas. Despierto del ensueño. Aquí tienen la sangre que brota de la herida.