El corazón de las tinieblas

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El horror en mitad de una selva, una selva que puede estar en cualquier sitio o ser cualquier bosque, porque nos acompaña siempre. Las partes tenebrosas del corazón se descubren cuando hay otras iluminadas.

Conocemos a Kurtz a través de Marlow y a Marlow a través del narrador que observa.

Dónde está la verdad.

Caminamos entre fango y ríos y plantas que asfixian y nos preguntamos quién protagoniza esta historia, si la palabra o la naturaleza.

Dónde está el corazón más allá de la oscuridad.

Son otros los que, en mitad de la noche, vienen con velas y antorchas e iluminan en lo oculto buscando un rastro humano.

La gran belleza

Es una película que me lleva como la cámara en esos planos secuencia que sobrevuelan Roma y se acercan a las esculturas y se alejan de los rostros para volver de lleno a ellos y observar sus miserias de cerca. Todas parecen hermosas y ninguna repugna. Me lleva sobre todo su música, a veces vulgar a veces exquisita. Lo que se escucha cuando nadie habla. La verdad que se esconde tras las mascaradas. La belleza que envuelve también lo mezquino. Son tan bellas las palabras y las fachadas de las ciudades turísticas, de los hombres viejos, de las mujeres acomplejadas, del amor oculto. Temo olvidar las imágenes, temo olvidar los gestos y las miradas de La gran belleza. Guardo aquí una impresión y un sonido para no permitir que la vida pase tan efímera como el vuelo de un flamenco o el primer beso.

Colección

Tenía una colección de sus miradas cronológicamente ordenadas. Las tenía expuestas en los pasillos de la memoria, estáticas como los cuadros de los pintores flamencos que vio en El Prado el día que se despidieron. Recorriéndolas una y otra vez, arriba y abajo, mirando las miradas, se preguntaba ahora qué hago con ellas.

don Plagio Rufianes

Don Plagio Rufianes nunca tuvo una idea propia. Se devanaba los sesos pero no había forma. Le parecía que cada palabra, cada sonido de cada letra había sido ya dicho antes y de mejor manera. Don Plagio no podía contar cuentos a sus sobrinos ni enviar cartas ni hacer la lista de la compra. Ante la pregunta más sencilla como cuál es tu nombre, don Plagio se ponía serio y respondía que no sabía exactamente pero tenía la esperanza de algún día descubrirlo. A veces optaba directamente por el silencio. Pero era tan vulgar estar callado y no decir nada, tan poco original. La boca cerrada le agobiaba y las frases sonaban desgastadas.

Don Plagio Rufianes decidió un día inventar un idioma. Consistía en una serie de parpadeos y miradas y guiños y giros con las pupilas de los ojos. A veces tomaba la mano de la persona que tenía enfrente, cogía su dedo índice y lo metía en el orificio izquierdo de la nariz. Eso significaba “te quiero”. Su novia no acababa de entenderlo y dudaba de que sus muestras de afecto fueran sinceras. Don Plagio entendió que no le entendían. Rompió con ella, abandonó a los sobrinos y se fue a la guerra. Pensó que enfrentándose a la muerte, cara a cara consigo mismo, encontraría aquello que nunca fue escrito, aquello que era solo suyo.

Cuando rayaba el alba y los soldados se acercaban sigilosos al campo enemigo, don Plagio sintió un fuerte escalofrío, como una lágrima de hielo que recorría su espalda. Alzó los ojos y el primer rayo de sol le obligó a cerrarlos. En aquel idioma inventado eso significaba “adiós muy buenas hasta aquí hemos llegado”. Don Plagio intuyó que era su momento, que no podría seguir buscando y que los sobrinos se quedarían definitivamente sin sus cuentos. Fue entonces cuando la palabra acudió a su boca, un sentimiento nunca antes descrito, una reflexión tan propia, tan profunda, tan sincera y única encerrada en un solo término…