Todo a un ebro

Si hay algo que un mirandés echa de menos cuando se encuentra en la gran urbe, además de las fiestas de San Juan del Monte y la droga siempre a mano, es el mercadillo. Ese lugar en el que todo cuesta entre uno y diez euros, en el que los gitanos cuelgan sus carteles de “calzonziyos 5×3€ Jesús ha resucitado” y donde cada cinco minutos te encontrarás con una señora (¿cómo no la conoces, hija? ¡Si es Pili / Toñi / Mari / Feli de toda la vida!) que dirá “hay que ver, yo te conocí cuando eras así” y poniendo la mano a la altura de la rodilla, esa rodilla que le da tanta guerra, repetirá: “así de alta eras”. Sí, hay días en que esas cosas se echan de menos. Especialmente cuando necesitas zapatos baratos. Así que, siendo sábado por la mañana, como manda la tradición, fui a Mercat dels Encants.

Sin despreciar el mercadillo mirandés de mi infancia, puedo decir que este sitio es increíble: montañas de libros por un euro, discos de vinilo para los que usan Spotify pero quieren aparentar, muebles en buen estado, ropa, bolsos, álbumes, máquinas de todo tipo (fotografía, vídeo, aparatos científicos a los que la gente de letras conocemos por su genérico “microscopio”)… todo está en venta. Incluso diría que, por un par de duros, puedes llevarte alguno de esos hombres viejos de barba blanca, aborígenes de los mercadillos, para hacer que tu salón sea cien por cien vintage.

También ayer leí un cuento de Jorge Luis Borges que se titula “La otra muerte”. Cuenta cómo un tipo intenta descubrir cómo murió un tal Pedro Damián durante la guerra, si como héroe o como cobarde. En su labor de reconstruir la historia acude a quienes le conocieron. En realidad es un relato sobre la memoria, la búsqueda de la verdad, lo que sabemos y lo que creemos saber. En un momento dado, uno de los compañeros de Pedro Damián cuenta sus recuerdos sobre él, y el autor escribe: “lo hizo (hablar de lo que pasó) con períodos tan cabales y de un modo tan vívido que comprendí que muchas veces había referido esas mismas cosas, y temí que detrás de sus palabras casi no quedaran recuerdos”.

Me sorprende esta frase, me fascina, porque refleja esa sensación frustrante de cómo las historias, que parecen el mejor arma para retener la vida, pueden también asesinarla: a veces contamos algo tantas veces que los recuerdos se convierten en un hueco entre nuestras palabras y la realidad. Si siempre utilizamos las mismas palabras para contar las mismas cosas, especialmente aquellas importantes, podemos acabar haciendo ficción de nuestra propia existencia. Esto lo saben quienes escriben. Es el peligro de empaquetar memorias, congelar lo sucedido y no atrevernos a recrear el pasado para así volver a la esencia de los recuerdos. Nos quedamos en la superficie de las palabras y hacemos que estas remitan al vacío.

Escribió el cineasta Pier Paolo Pasolini: “lo que sobre todo cuenta es la lucidez crítica que echa abajo las palabras y las convenciones, y va hasta el fondo de las cosas, hasta su secreta e inalienable verdad”. A veces, la labor más creativa y más difícil es la de contar nuestra propia historia. Por eso, cuando una pasea por un mercadillo como el de Encants, ve la superficie de los recuerdos sin saber a qué se refieren. Cada objeto se transforma en una palabra detenida por el tiempo, abandonada en un momento de su existencia, cuyo significado desconocemos y a la que, por tanto, podemos atribuir nuestros propios recuerdos, dotándola de un nuevo sentido.

Una palabra sin historia. Una palabra, diría Borges, detrás de la que casi no quedan recuerdos.

Una palabra que puede comprarse por solo un ebro, señora. Y si se lleva dos, lo dejo a la mitad, que estamos tirando la casa por la ventana.”

 

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