Ardillas

Mi trabajo consistía en recordarle que fuera al baño de cuando en cuando, atarle los cordones de los zapatos y salir con ella de paseo. Había días en que estaba de que sí y otros en que estaba de que no, pero la mayoría de veces tenía las dos actitudes al mismo tiempo y cambiaba de opinión cada veinte minutos. Le decía “mira, Pat, qué sol y qué cielo, vamos un rato al parque” y ella sacudía la cabeza – una cabeza pequeñita cubierta con pelo blanco y muy liso. Si yo insistía, se enfadaba, fruncía el ceño, golpeaba con el pie izquierdo en el suelo, como una niña chica. Entonces no había nada que hacer, salvo esperar y dejar que fuera a su aire por la casa: Pat sacaba los paraguas y los colgaba en el perchero, se ponía un guante en la mano derecha, buscaba una vieja pipa y la llenaba con café molido y se la colgaba del labio inferior (yo escondía las cerillas), abría los cajones de la cocina y mezclaba los trapos con las cucharas y los salvamanteles con las pinzas de ropa. Cuando se sentaba, agotada, en el sofá, tiraba el guante. Yo lo recogía del suelo y le decía con voz de sorpresa “¿qué hace este guante ahí? ¿quién lo habrá tirado? Por cierto, hablando de guantes, ¿no querrás ir a dar un paseo?” Pat pestañeaba un par de veces, intentaba reconocerme y, quizá, establecer alguna relación – imposible – entre el guante y el paseo. Volvía a pestañear, sonreía y decía que por supuesto. Luego preguntaba un poco inquieta: “¿no llegaremos tarde?”

Conseguimos comunicarnos perfectamente. Porque después de tanto tiempo, pude entender que cada segundo en la vida de Pat era presente, que para ella solo existía el ahora. A veces volvían ciertos recuerdos del pasado, la sombra de alguien que estuvo en tal sitio o dijo tal cosa. Nada que la uniera consigo misma ni diera ninguna consistencia a su propia historia. El olvido la hizo ligera y la permitió vivir en un continuo despertar.

Observaba todo como por primera vez, saludaba a los paseantes que nos encontrábamos de camino a Fletcher Moss Gardens y acariciaba a los perros con gran ternura mientras les decía “eres un buen chico, mira qué pelo tan bonito tienes”. Los animales movían la cola e intentaban lamer su mano o, de un salto, le ponían las patas delanteras sobre las rodillas. Como aquellos dos chow chow enormes que al día siguiente tenían que ir al veterinario porque habían cogido un virus. Cuando la dueña nos dijo que igual tenían que pinchar a los pobres bichos, a Pat se le humedecieron los ojos, se agachó y les susurró algo en el oído que ni la desconcertada dueña ni yo pudimos escuchar.

En el parque, caminaba a toda prisa hasta llegar al lago donde dábamos mendrugos de pan seco a los patos. Pat odiaba cuando las gaviotas carroñeras les robaban la comida y siempre intentaba llegar antes que ellas. Si no, trataba de echarlas haciendo aspavientos con la mano mientras decía con la voz rota de rabia y de pena: “egoístas, esto no es para vosotras. Vosotras podéis volar y los patos no”.

Sin embargo, creo que sus animales favoritos eran las ardillas rojas de cola larga que saltan de árbol en árbol y huyen de los humanos. Antes de conocer a Pat, las ardillas me parecían desconfiadas y hurañas, de mente retorcida e intenciones mezquinas, pensando únicamente en roer su comida y trepando por los troncos de los árboles para ocultarse – las muy cobardes – entre las hojas, donde nadie pudiera acceder a ellas ni pedirles cuentas de sus hurtos ni conocerlas verdaderamente. Cada vez que una de estas ardillas se cruzaba en nuestro camino o se asomaba detrás de un seto, yo fruncía el ceño. Igualita que Pat cuando se enfadaba. Ella, al contrario, si veía saltar una ardilla, abría los ojos con emoción, se paraba en seco y contenía un grito de asombro: “mira esa ardilla, mira esa ardilla”. Se conmovía y sonreía con una felicidad agradecida. Como si el destino le hubiera regalado la oportunidad de ver algo irrepetible, maravilloso y fugaz. Me parecía que, para Pat, las ardillas eran tan hermosas y tan efímeras como aquellos fragmentos de pasado que a veces asaltaban su memoria.

Al cabo de un tiempo dejé el trabajo, Fletcher Moss Gardens y a Pat, pero no pude dejar las ardillas rojas de cola larga. Me las llevé tan dentro que a veces, por la noche, en esa duermevela que no se sabe si es sueño o recuerdo, intento acercarme sigilosamente a ellas para no asustarlas y les susurro al oído: “si Pat pregunta por mí, decidle que estoy aún buscando el guante, decidle que llego tarde.”

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