La boda

Bailaba una extraña danza en medio de la sala de fiestas donde se celebraba la boda, con los fieros ojos de la suegra clavados en su nuca. Se retorcía por el suelo y se levantaba de un salto, echaba los hombros hacia adelante y giraba sobre sí misma, como poseída por algún espíritu africano que hubiera traído consigo de su reciente viaje desde el corazón de Kenia. Nadie se movía. Incluso el primo Paco, que había empezado la conga, se quedó impasible mirándola y acariciando automáticamente sin darse cuenta la pierna de la abuela del novio. Ella seguía agitándose salvajemente en el centro de la pista y la suegra sorbía lentamente un gin-tonic. Los novios se miraron angustiados. Quizá no había sido tan buena idea traer un chimpancé bailarín que animara la fiesta, se dijeron. Cuando volvieron la vista hacia la pequeña mona, que ahora se golpeaba el culo con las dos manos ante la mirada horrorizada de los invitados, no pudieron evitar soltar una carcajada. Por fin empezaban a divertirse.

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