Dublín

Esta nueva cafetería en la que estoy y cuyo nombre no he mirado tiene cristaleras enormes. Una vieja cruza por delante. Lleva una falda larga beige, unas zapatillas y un abrigo gris y va fumando un puro. Tiene el pelo blanco, camina encorvada. Quiero fotografiarla pero me quedo extasiada mirándola.

¿Conoces la historia? ¿Qué historia? La del irlandés aquel que se reía a carcajadas en la taberna, míralo ahí, golpeando el suelo con el pie, los ojos vidriosos llenos de lágrimas de alcohol, incapaz de pronunciar una sola palabra, temblándole la mandíbula aún de la risa que le ha contagiado el viejo capitán cuando ha comenzado a contar la historia aquella del niño que se echó a la mar con los pescadores de la costa y pensó que había picado – ¡ha picado! ¡ha picado! – gritaba y casi se hizo pis en los pantalones de lo nervioso que estaba y tiraba de la caña con sus pocas fuerzas (dos bracitos finos como dos ramas de manzano tenía el pequeño), tiraba y pedía ayuda y los pescadores se miraban desconcertados unos a otros pensando y diciéndose con los ojos y las frentes qué raro porque no suelen picar por esta zona pero nos acercaremos a ayudarle, y dicen que el muchacho tiraba y tiraba y resultó que lo que salió de allí era una sirena pero no una de esas jóvenes y voluptuosas cantarinas que te imaginas que seducían a Ulises sino una vieja, gorda y de mal genio que salió enganchada por la cola de pez que sangraba y comenzó a gritar histérica y el niño asustado vio cómo abría la sirena sus fauces enormes con cuatro colmillos espantosos y se lo tragó sin pensarlo dos veces: niño, caña y sirena se fueron al fondo del mar y con esta historia el capitán y el irlandés aquel de la taberna se reían y asustaban al mismo tiempo al niño que quería ser pescador y lanzarse al mar antes de saber que las sirenas son mezquinas y crueles y no debes creer lo que te cuenten sobre ellas, muchacho, porque la realidad es muy diferente, yo lo he visto con mis propios ojos, tomemos otra ronda y te contaré lo que le pasó al pequeño O’Brien que tenía tu edad pero medía dos palmos menos y por eso todos le llamaban Little O’Brien.

A veces la ficción irrumpe con toda su violencia en el mundo real pero ya no me da miedo. Estoy acostumbrada a la lucha interior y puedo dominar y conducir esa voz. Es la amenaza exterior la que realmente me da miedo. Que el camarero me eche o el lector se canse. Es el juicio ajeno el que me inquieta, no mis voces internas. A ellas las conozco, sé cómo hablarlas. Pero es difícil hablar hacia afuera.

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