Perro muerde perro

Esta mañana en General Ricardos a la altura del cruce con Iglesia, un perro enorme ha enganchado a otro pequeño y nervioso del cuello y no lo soltaba. Los aullidos del perropatada histérico se escuchaban por toda la calle y un par de señoras que salían de la frutería – una con dos bolsas, otra con un carrito de cuadros – se han quedado mirando escandalizadas. Los dueños no eran capaces de separar a los animales y los gritos del perrillo se volvían cada vez más agudos y desesperados, parecían los de un bebé. Perros y dueños tenían los ojos llenos de lágrimas y el corazón, de furia e impotencia.

Un señor que estaba sentado en la terraza del bar tomando una caña con un palillo encajado entre dos dientes y criticando a los políticos por no formar gobierno después de varios meses ha interrumpido su discurso en mitad de una palabrota y se ha acercado para intentar separarles. El perro gigante no abría la boca y la señora de las bolsas de plástico se han unido al llanto de los dueños. El señor cliente, ante la mirada de su camarero habitual y otros parroquianos del bar “Los Chamizos”, sin dejar el palillo un solo instante, ha intentado meter los dedos por la comisura de los labios del bicho, que apretaba los colmillos con tanta fuerza que no podía pasar ni el aire.

A nadie se le ha ocurrido sacar un cubo de agua y echárselo por encima a los perros. Parece que solo a mí, que estaba mirando desde la acera de enfrente y escribiendo esta crónica sin hacer nada al respecto porque soy un profesional de la observación y el frío análisis.

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