Portland St/Chorlton St

Escribo desde una parada de autobús.

Me fascinan los autobuses urbanos.

Me fascina recorrer la ciudad sentada observando riadas de gente que camina, que habla, que sube al autobús y baja, que mira en silencio, madres con niños, borrachos, abuelas.
Las rutas de los autobuses son los vasos sanguíneos de las ciudades.
Las ciudades son seres vivos con una biografía, una forma de ser y un ADN. Las personas son sus genes.
Y a mí me gusta analizarlos.
En mi análisis subjetivo, superficial e impreciso, ya hay varios grupos de viajeros-genes clasificados.
Encabeza el listado el grupo de mendigos.
Pero no me refiero a cualquier mendigo de los que pueblan las estaciones de tren y las esquinas de las grandes avenidas, sino ese grupo más reducido y que puede pasar fácilmente desapercibido en Manchester: los hombres de barba larga y greñas con un brillo de genialidad en sus ojos, de esa genialidad próxima a la locura, que a veces asusta y a veces enternece.
Hoy me he encontrado con dos.
Uno era un pasajero del autobús. Llevaba una pipa en el bolsillo derecho y un paquete de tabaco en el izquierdo. Lo sé porque ha cargado la pipa durante el trayecto hasta Southern Cemetery, donde se ha bajado. Southern Cemetery es un cementerio enorme, precioso, abarrotado de lápidas por el que paso casi todos los días. Hipnotizada como estaba, viendo las manos blancas, callosas, huesudas del mendigo barbudo aplastando el tabaco, he tenido un impulso repentino de seguirle. Pero se me ha pasado enseguida. Me lo imagino caminando entre las lápidas sosteniendo la pipa con los labios, maldiciendo a los muertos y escupiendo de vez en cuando.
El segundo barbudo del día llevaba gafas. Unas gafitas pequeñas y redondas como las de John Lennon. Igual es él, no está muerto y sigue aquí, he pensado cuando, en la parada, se ha girado hacia mí y me ha preguntado si había llegado el autobús 23. Faltaban diez minutos. “He perdido el anterior por unos pocos minutos, por dos minutos, he visto cómo se iba”. Se sienta con un gesto de resignación, estirando las piernas. Lleva calcetines fucsias con rombos amarillos, deportivas blancas, un pantalón marrón de pana, un jersey polar azul y su cabeza es puro pelo blanco seco y desaliñado.
De pronto, tiene una idea. Lo noto porque me mira y sonríe un poco antes de decirme: “si me voy, seguro que aparece el autobús”. Me río, porque me asombra que esa teoría sobre los autobuses sea algo universal y porque él parece creer firmemente en ella y quiere demostrarme que es verdad. “Me voy a ir y el autobús va a aparecer”. Sale de la marquesina y camina unos pasos. Se gira. Aparece un autobús. El mendigo barbudo suelta un grito de emoción, me mira, se ríe, me fijo en que lleva las gafas casi en la punta de la nariz. Empieza a hacer señas al autobús. Es el número 16, pero él ni se da cuenta. Yo me río en silencio, algo cruel y algo triste. El conductor para y el mendigo le explica que esta esperando al 23, que lo siente, se ha equivocado. Vuelve al asiento de metal de la marquesina. Llega una señora elegante. El mendigo le pregunta si está esperando al 23, ella dice que sí y él vuelve a lanzar una teoría: “cuando dos personas o más esperan al mismo autobús, el autobús aparecerá”. Me recuerda a la máxima evangélica, y me parto. Unos minutos después, el mendigo, impaciente y empeñado en demostrar su teoría decide salir de la marquesina y alejarse para que llegue el autobús. Se aleja, se aleja, se aleja… Y llega el 23. La señora y yo subimos. Durante el viaje busco al mendigo desde la ventana, “dónde se habrá metido. Ahora volverá a la parada y dirá que ha perdido el autobús por dos minutos… Y tratará de demostrar su teoría otra vez y otra vez volverá a perderlo.”
Algunos, científicos, amantes de los cálculos y los datos empíricos, dirán que el autobús llegaba en diez minutos y punto.
Yo digo que, igual que mi clasificación de los genes-viajeros que habitan Manchester es tan subjetiva que resulta irrefutable, nadie sabrá nunca si el autobús vino porque le tocaba o porque el mendigo se alejó lo suficiente. Digo más. Quizá la única función de ese gen sea alejarse para que los demás puedan subir al autobús y la ciudad siga viviendo.
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