Ensayo

La soprano salta sobre las sedas tiradas por el suelo, se abraza a ellas y susurra “dónde está mi amor que se ha marchado y me ha dejado aquí sola con esto que fue un vestido de boda”. La soprano rabiosa rasga las blancas telas y rompe el ramo de rosas rojas. En la ópera los pétalos parecen pesar más; por eso, pausada y trágicamente, caen bailando para posarse en el escenario. Con gesto herido y ojos enrojecidos pierde el juicio la soprano y jura, sobre la vida de su hijo nonato, nunca volver a enamorarse.

El director corta la escena y le pide que coja un paño, que se mueva hacia la izquierda, que cuidado con el ramo, que mire al público, que gire un brazo, que acuérdate de lo que hablamos, que no olvide de la tragedia pero tenga todo esto en cuenta. La soprano aún con las manos sobre el vientre, escucha. “Recuerda que esto no es vida, sino arte. Recuerda que aquí no sirven las emociones, si no son controladas. Recuerda que en la ficción, la verdad no importa nada.”

El corazón de las tinieblas

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El horror en mitad de una selva, una selva que puede estar en cualquier sitio o ser cualquier bosque, porque nos acompaña siempre. Las partes tenebrosas del corazón se descubren cuando hay otras iluminadas.

Conocemos a Kurtz a través de Marlow y a Marlow a través del narrador que observa.

Dónde está la verdad.

Caminamos entre fango y ríos y plantas que asfixian y nos preguntamos quién protagoniza esta historia, si la palabra o la naturaleza.

Dónde está el corazón más allá de la oscuridad.

Son otros los que, en mitad de la noche, vienen con velas y antorchas e iluminan en lo oculto buscando un rastro humano.

Dublín

Esta nueva cafetería en la que estoy y cuyo nombre no he mirado tiene cristaleras enormes. Una vieja cruza por delante. Lleva una falda larga beige, unas zapatillas y un abrigo gris y va fumando un puro. Tiene el pelo blanco, camina encorvada. Quiero fotografiarla pero me quedo extasiada mirándola.

¿Conoces la historia? ¿Qué historia? La del irlandés aquel que se reía a carcajadas en la taberna, míralo ahí, golpeando el suelo con el pie, los ojos vidriosos llenos de lágrimas de alcohol, incapaz de pronunciar una sola palabra, temblándole la mandíbula aún de la risa que le ha contagiado el viejo capitán cuando ha comenzado a contar la historia aquella del niño que se echó a la mar con los pescadores de la costa y pensó que había picado – ¡ha picado! ¡ha picado! – gritaba y casi se hizo pis en los pantalones de lo nervioso que estaba y tiraba de la caña con sus pocas fuerzas (dos bracitos finos como dos ramas de manzano tenía el pequeño), tiraba y pedía ayuda y los pescadores se miraban desconcertados unos a otros pensando y diciéndose con los ojos y las frentes qué raro porque no suelen picar por esta zona pero nos acercaremos a ayudarle, y dicen que el muchacho tiraba y tiraba y resultó que lo que salió de allí era una sirena pero no una de esas jóvenes y voluptuosas cantarinas que te imaginas que seducían a Ulises sino una vieja, gorda y de mal genio que salió enganchada por la cola de pez que sangraba y comenzó a gritar histérica y el niño asustado vio cómo abría la sirena sus fauces enormes con cuatro colmillos espantosos y se lo tragó sin pensarlo dos veces: niño, caña y sirena se fueron al fondo del mar y con esta historia el capitán y el irlandés aquel de la taberna se reían y asustaban al mismo tiempo al niño que quería ser pescador y lanzarse al mar antes de saber que las sirenas son mezquinas y crueles y no debes creer lo que te cuenten sobre ellas, muchacho, porque la realidad es muy diferente, yo lo he visto con mis propios ojos, tomemos otra ronda y te contaré lo que le pasó al pequeño O’Brien que tenía tu edad pero medía dos palmos menos y por eso todos le llamaban Little O’Brien.

A veces la ficción irrumpe con toda su violencia en el mundo real pero ya no me da miedo. Estoy acostumbrada a la lucha interior y puedo dominar y conducir esa voz. Es la amenaza exterior la que realmente me da miedo. Que el camarero me eche o el lector se canse. Es el juicio ajeno el que me inquieta, no mis voces internas. A ellas las conozco, sé cómo hablarlas. Pero es difícil hablar hacia afuera.

Extranjero

Es más fácil

hablar del extranjero.

El día a día

tan cálido

la mesa con frutas

las zapatillas viejas

el autobús a tiempo

son hoy que se escapa.

El recuerdo

en cambio

perdura

como una sombra

de nosotros mismos.

De ese yo

ya desconocido

al que llamamos

extranjero.

La boda

Bailaba una extraña danza en medio de la sala de fiestas donde se celebraba la boda, con los fieros ojos de la suegra clavados en su nuca. Se retorcía por el suelo y se levantaba de un salto, echaba los hombros hacia adelante y giraba sobre sí misma, como poseída por algún espíritu africano que hubiera traído consigo de su reciente viaje desde el corazón de Kenia. Nadie se movía. Incluso el primo Paco, que había empezado la conga, se quedó impasible mirándola y acariciando automáticamente sin darse cuenta la pierna de la abuela del novio. Ella seguía agitándose salvajemente en el centro de la pista y la suegra sorbía lentamente un gin-tonic. Los novios se miraron angustiados. Quizá no había sido tan buena idea traer un chimpancé bailarín que animara la fiesta, se dijeron. Cuando volvieron la vista hacia la pequeña mona, que ahora se golpeaba el culo con las dos manos ante la mirada horrorizada de los invitados, no pudieron evitar soltar una carcajada. Por fin empezaban a divertirse.