Fiodor

Es hermoso indignarse,

dijo Fiodor.

Es tan bella la ira,

el brillo en los ojos

de rabia

y la pasión furibunda.

La nariz hinchada,

los labios firmes,

las manos tensas,

el cuello rígido.

Besaría cada huella

que el amor dejó en tu piel.

Besaría tu impotencia,

el hueco

de lo que te arrebataron.

Quiero entrar

por las grietas

a tu alma.

Quiero apaciguarte

con solo rozarte

o quizá…

Quizá jugar contigo.

Enfadarte aún más

hasta que vayas a estallar,

¡tan hermoso,

fuera de ti mismo,

tan vivo!

Y entonces reír.

Reírme de felicidad

al saber que he sido yo

-¡yo!-

quien ha provocado

el juego.

Necesito

tanto

verte.

Necesito

tanto

enfadarte.

Tres hadas

Se te han podrido

otra vez

las naranjas

en el frutero.

Has llamado

sin saberlo

a las tres damas.

Son como las hadas

de aquellos cuentos

de infancia.

Se te han aparecido

– pobreza, soledad,

tristeza –

en la cocina

esta mañana

y tú dormida,

con ese gesto tan tuyo

las despediste

de malos modos.

Niña tonta,

date cuenta

que puedes enfurecerlas

y entonces volverán

violentas, despiadadas,

como el ladrón en la noche

aun peor que la muerte

a buscarte

cuando no las llames.

 

 

La gran belleza

Es una película que me lleva como la cámara en esos planos secuencia que sobrevuelan Roma y se acercan a las esculturas y se alejan de los rostros para volver de lleno a ellos y observar sus miserias de cerca. Todas parecen hermosas y ninguna repugna. Me lleva sobre todo su música, a veces vulgar a veces exquisita. Lo que se escucha cuando nadie habla. La verdad que se esconde tras las mascaradas. La belleza que envuelve también lo mezquino. Son tan bellas las palabras y las fachadas de las ciudades turísticas, de los hombres viejos, de las mujeres acomplejadas, del amor oculto. Temo olvidar las imágenes, temo olvidar los gestos y las miradas de La gran belleza. Guardo aquí una impresión y un sonido para no permitir que la vida pase tan efímera como el vuelo de un flamenco o el primer beso.

Colección

Tenía una colección de sus miradas cronológicamente ordenadas. Las tenía expuestas en los pasillos de la memoria, estáticas como los cuadros de los pintores flamencos que vio en El Prado el día que se despidieron. Recorriéndolas una y otra vez, arriba y abajo, mirando las miradas, se preguntaba ahora qué hago con ellas.

Zapatos

3 de noviembre
Al niño le ha dado por escuchar flamenco todo el día. Se pasa las horas dando palmas y gritando solo en su habitación. Ayer se compró varias camisas y pantalones negros, dice que a partir de ahora vestirá así. Ha pedido unos zapatos de flamenco, con tacón, para reyes. Su padre y yo estamos preocupados.
12 de noviembre
Cita con la profesora a las tres. Por lo visto el niño se sienta al fondo del aula y no hace otra cosa que fumar y garabatear en el cuaderno. No deja que nadie vea lo que escribe y llama “paya” y “prima” a la profesora. Igual le expulsan. He notado que las madres de sus amigos le empiezan a mirar raro.
14 de noviembre
Discusión fuerte. Le he pedido que ponga la mesa y me ha gritado que “ya no puedo aguantarme y ni vivir de esta manera, porque yo no puedo, porque yo no quiero ni aunque Dios lo quiera”. No entiendo a qué vienen estas reacciones desproporcionadas. Su padre le ha dado una colleja y le ha mandado a la cama sin cenar.
25 de noviembre
Al poner la lavadora he visto un papel que caía de uno bolsillos del pantalón. Era un billete de tren a Utrera para el próximo 20 de diciembre. Necesito hablar con él de una vez. En media hora llegará de sus clases de guitarra. Me he tomado una tila pero sigo de los nervios. Mi madre dice que son cosas de la adolescencia, que ya se le pasará. Este crío es un raro.
26 de noviembre
Estuvimos hablando durante un buen rato en la cocina, le dejé que fumara. Se echó a llorar y me dijo que no le entendemos, que no tenemos sensibilidad y que su sitio está en Utrera. Le he contestado que quien no tiene sensibilidad es él, insultando a la gente y montando gresca, y que si no puede ni siquiera hacerse cargo de su habitación cómo se va a ir a vivir él solo. Me ha mirado con rabia y compasión, una mirada muy larga, muy tensa, muy de cantante de flamenco. Después ha susurrado que somos incapaces de ver la vida desde las heridas. Así, tal cual, a la cara, como escupiendo: “no podéis ver la vida desde las heridas, y yo vivo en la llaga”. Me he quedado helada, sin saber qué responder.
Entonces se ha puesto a escribir como un loco en su cuaderno.
29 de noviembre
Creo que la conversación ha ayudado mucho. Sonríe algo más y ayer volvió a peinarse con gomina, como suele hacer cuando está de buen humor. Le he dicho a su padre que, aunque nos cueste, hay que evitar reírse de él y dejarle un poco tranquilo. A ver.
30 de noviembre
Le he visto en la plaza de la mano con Macarena, su compañera de clase.
Vaya jaleo por una cosa así… era evidente desde tercero de primaria, ya podía habérmelo contado.
Nada de zapatos de tacón en reyes, ni hablar.
Le regalamos un CD de Camarón y va que chuta.
Espero que se le pase pronto. Ya podía ser gótico o rastafari, como todo hijo de vecino, pero bueno. Caso cerrado.

don Plagio Rufianes

Don Plagio Rufianes nunca tuvo una idea propia. Se devanaba los sesos pero no había forma. Le parecía que cada palabra, cada sonido de cada letra había sido ya dicho antes y de mejor manera. Don Plagio no podía contar cuentos a sus sobrinos ni enviar cartas ni hacer la lista de la compra. Ante la pregunta más sencilla como cuál es tu nombre, don Plagio se ponía serio y respondía que no sabía exactamente pero tenía la esperanza de algún día descubrirlo. A veces optaba directamente por el silencio. Pero era tan vulgar estar callado y no decir nada, tan poco original. La boca cerrada le agobiaba y las frases sonaban desgastadas.

Don Plagio Rufianes decidió un día inventar un idioma. Consistía en una serie de parpadeos y miradas y guiños y giros con las pupilas de los ojos. A veces tomaba la mano de la persona que tenía enfrente, cogía su dedo índice y lo metía en el orificio izquierdo de la nariz. Eso significaba “te quiero”. Su novia no acababa de entenderlo y dudaba de que sus muestras de afecto fueran sinceras. Don Plagio entendió que no le entendían. Rompió con ella, abandonó a los sobrinos y se fue a la guerra. Pensó que enfrentándose a la muerte, cara a cara consigo mismo, encontraría aquello que nunca fue escrito, aquello que era solo suyo.

Cuando rayaba el alba y los soldados se acercaban sigilosos al campo enemigo, don Plagio sintió un fuerte escalofrío, como una lágrima de hielo que recorría su espalda. Alzó los ojos y el primer rayo de sol le obligó a cerrarlos. En aquel idioma inventado eso significaba “adiós muy buenas hasta aquí hemos llegado”. Don Plagio intuyó que era su momento, que no podría seguir buscando y que los sobrinos se quedarían definitivamente sin sus cuentos. Fue entonces cuando la palabra acudió a su boca, un sentimiento nunca antes descrito, una reflexión tan propia, tan profunda, tan sincera y única encerrada en un solo término…

Metamorfosis

Cuando un escritor te posee, su voz se mete dentro de tus intestinos, su lenguaje se fusiona extrañamente con el tuyo y empiezas a mutar lentamente, hasta que la transformación se hace evidente, tan palpable que a tu alrededor lo notan y te miran como si te estuvieras convirtiendo en insecto, en cucaracha, en un parásito repugnante que encerrar en una habitación y al que pasarle pedazos de tarta de cumpleaños por debajo de la puerta.
Cuando eso sucede, y eres incapaz de huir del escritor que ya ha penetrado en ti, con su incomunicación, su soledad y su profunda tristeza de atardecer y árboles ceniza, entonces, lo único que queda es emborracharse.
Beber como una cuba, bailar claqué en la barra del bar y gritar “hijo mío, hijo mío, cuánto te he buscado” a cualquiera que pase. Emborracharse y entrar en la inauguración de una exposición donde proyectan un corto de un padre que quiere matar a su hijo con un hacha porque es un tronco. Y el bebé tronquito berrea en la cuna, su padre amenaza con el hacha y la mujer le suplica compasión. Es imposible ver esta escena, con cuatro cervezas y dos gin-tonics encima, y no reírte a carcajadas, dando pisotones en el suelo y retorciéndote por las paredes de la exposición, ante la atónita mirada del cantante de Manos de Topo, que toma un piscolabis con tu jefe.
Cuando estás borracha, en medio de la Metamorfosis con tu propia metamorfosis, solo una viejecilla puede salvarte. Una abuela de metro cincuenta con joroba (un metro sin ella), con el brazo torcido, que parece salida de un teatro de marionetas de principios de siglo XX y roba cacahuetes de las mesas. Se acerca y susurra: “después de todo, lo más correcto es largarse.” Abre la boca para carcajearse y puedo ver los restos de cacahuetes en sus muelas. Se parte de risa en silencio, sin emitir el mínimo sonido. Quizá sí está emitiendo sonidos y yo no la oigo, quizá la señora en realidad sea alta y esbelta, quizá no he vivido nada de lo que he vivido porque estaba poseída por el escritor. Pero no importa si es verdad o mentira, basta con sentirse pequeño y silencioso, como un diminuto bichito que se aleja tambaleándose por una esquina, con sonrisa bobalicona de borracho, pensando que no hay nada como asomarse al abismo de cuando en cuando para mantener la cordura.