Pían los pájaros
con chillido agudo
en este parque salvaje
donde los niños juegan.
El angustioso grito
del estornino
les sobrevuela.
Pían los pájaros
con chillido agudo
en este parque salvaje
donde los niños juegan.
El angustioso grito
del estornino
les sobrevuela.
Esa manera tan suave y tan certera
que tienes
de romperme los esquemas
y hacer que quiera
lo que me asusta.
Narrar es un verbo reflexivo.
Madrid, lugar inesperado. Grata sorpresa a la que no acabo de acostumbrarme. Ciudad homogénea, sólida y donde los descubrimientos se hacen poco a poco.
Semana Santa: a primera hora de la tarde, las calles desiertas y las iglesias comienzan a llenarse para celebrar la Semana Santa. Dentro de la iglesia, señoras con joyas. Hombres bien vestidos. Niñas con lazos.
Fuera, después de los oficios, la gente empieza a agruparse en las calles donde pasará la procesión. Muchos quieren ver a la virgen.
Poco a poco, me voy alejando de la gente. Siguen a mi alrededor pero solo me fijo en algún anciano desprevenido, el hombre invisible de la Plaza Mayor. Prefiero – me llaman – los detalles de las fachadas, los cambios de luz del atardecer que se acerca, los primeros brotes de la primavera. Una sombra efímera en el cristal perfecto y pulido.
De pronto, un árbol naranja en una calle mirándome de frente, como una pequeña llama encendida en mitad de la indiferencia buscando arder para llenarlo todo de luz. Mirándome y pidiéndome una foto. Obedezco.
Ahora ya en casa lo miro. Lo transformo. Lo miento. Para que lo veáis tan fugaz y tan iluminador como yo lo he visto en esa fracción de segundo.

Porque de eso, de la búsqueda, la pasión, el descubrimiento y el chispazo de fuego, trata este oficio. Y el paseo y el camino.
No fui feliz entonces. – dijo papá mirando la fotografía – Bueno, – se corrigió – fui todo lo feliz que se puede ser cuando no se es feliz.
Cuenta la leyenda que fue un viejo pastor quien descubrió aquella cueva en el corazón del bosque en lo alto del monte cuando estaban pastando las ovejas.
Buscaba un sitio donde pasar la noche; detrás de unos arbustos encontró el agujero negro, profundo y oscuro, excavado en una roca. “Este será mi refugio”, y quedó dormido.
Dicen que al día siguiente despertó el pastor en la cueva. Salió afuera esperando encontrar sus ovejas. Pero no había bosque, ni plantas, ni animales, ni rocas. Su cueva estaba ahora en mitad del desierto con el sol brillando en lo alto y rodeada de dunas fabricadas de viento.
Cuenta la leyenda que allá donde durmiera el pastor en su cueva, cada vez despertaba en un lugar distinto. Cueva y pastor, refugio y hombre, siempre estaban juntos, siempre en el mismo sitio y siempre en uno nuevo.
A veces me miras como Tom Joad
con ojos hambrientos
de arreglarlo todo.
Entonces bailamos.
Y digo que poco a poco.
Que hay tiempo
(el tiempo es nuestro,
te recuerdo)
que sigamos el ritmo
(un paso, otro paso)
de la canción que oímos.
¿La oyes?
¿La oyes conmigo?
No me dejes bailando sola
en este bar
donde a veces miran raro
y yo busco a Tom Joad.
Esta mañana en General Ricardos a la altura del cruce con Iglesia, un perro enorme ha enganchado a otro pequeño y nervioso del cuello y no lo soltaba. Los aullidos del perropatada histérico se escuchaban por toda la calle y un par de señoras que salían de la frutería – una con dos bolsas, otra con un carrito de cuadros – se han quedado mirando escandalizadas. Los dueños no eran capaces de separar a los animales y los gritos del perrillo se volvían cada vez más agudos y desesperados, parecían los de un bebé. Perros y dueños tenían los ojos llenos de lágrimas y el corazón, de furia e impotencia.
Un señor que estaba sentado en la terraza del bar tomando una caña con un palillo encajado entre dos dientes y criticando a los políticos por no formar gobierno después de varios meses ha interrumpido su discurso en mitad de una palabrota y se ha acercado para intentar separarles. El perro gigante no abría la boca y la señora con las bolsas de plástico se ha unido al llanto de los dueños. El cliente, ante la mirada de su camarero habitual y otros parroquianos del bar “Los Chamizos”, sin dejar el palillo un solo instante, ha intentado meter los dedos por la comisura de los labios del bicho, que apretaba los colmillos con tanta fuerza que no podía pasar ni el aire.
A nadie se le ha ocurrido sacar un cubo de agua y echárselo por encima a los perros. A nadie. Solo a mí, que estaba mirando desde la acera de enfrente y escribiendo esta crónica sin hacer nada al respecto porque soy un profesional de la observación y el frío análisis.
Y ahora…
y ahora,
¿qué?
Me siento temblar
en tu respiración.

Aquel atardecer junto al Vaticano.
La luz púrpura y el pájaro se posó en el árbol.
El murmullo de las oraciones de las monjas.
Roma parecía tan quieta, tan callada.
La poderosa cúpula me cobija
cuando me enredo en las ramas
hiriéndome las alas
que a veces sangran.
La imagen del recuerdo de aquella paz
me eleva en corriente de aire
como nube o pájaro ligero
como oración materna susurrada al viento.
Me llevan,
la imagen y el alma,
hasta Roma eterna
Roma iluminada
Roma quieta
Roma casa
Roma madre
Roma dulce
Roma paloma blanca
que sana mi herida.