Calabaza

(Posible inicio de posible relato)

Aquella tarde fui a comprar a la frutería que acababan de abrir en el barrio. Abrieron justo el viernes antes de Semana Santa y ya había visto a varias vecinas que llevaban una bolsa de papel marrón donde podía leerse “Frutas Mario”. Era una frutería grande, por lo visto todo era ecológico, reciclado, de economía sostenible, colaborativa y no sé cuántas utopías más. Feminista, probablemente. El típico sitio que le encantaría a Dani. Quizá por eso fui esa tarde a esa frutería, porque me hubiera gustado que fuéramos juntos. Aunque Dani solo hubiera dicho al pasar por delante: “tenemos que venir aquí”, y luego nunca iríamos porque acabaría haciendo la compra en el supermercado como siempre, porque lo que en realidad – ahora me daba cuenta, tonta de mí – lo que en realidad le encantaba a Dani era decir “han abierto una frutería increíble cerca de mi casa, está genial, es feminista” mientras comía cuscús con sus compañeros de la agencia de publicidad donde trabajaba, y luego salir corriendo para comprar pizzas en Mercadona antes de que cerraran. Farsante.

Por eso aquella tarde, yendo a visitar la nueva frutería, me reafirmé en que había hecho bien dejando al imbécil de Dani. Demostré al mismo tiempo que yo sí era una buena vecina del barrio y, por supuesto, que había superado nuestra ruptura. También compré una calabaza.

24/03/2015

Hoy salí a dar un paseo por Madrid. A pesar de los meses que pasan, sigue siendo un lugar inesperado donde siento que he aterrizado como por sorpresa. Grata sorpresa a la que no acabo de acostumbrarme. Ciudad homogénea, sólida y donde los descubrimientos se hacen poco a poco.

A primera hora de la tarde, las calles desiertas y las iglesias comienzan a llenarse para celebrar la Semana Santa. Dentro de la iglesia, señoras con joyas. Hombres bien vestidos. Niñas con lazos. Durante la misa, algunas lágrimas. No hago fotografías.

Fuera, después de los oficios, la gente empieza a agruparse en las calles donde pasará la procesión. Muchos quieren ver a la Virgen.

Poco a poco, me voy alejando de la gente. Siguen a mi alrededor pero solo me fijo en el folcore, algún anciano desprevenido, el hombre invisible de la Plaza Mayor. Prefiero – me llaman – los detalles de las fachadas, los cambios de luz del atardecer que se acerca, los primeros brotes de la primavera. Una sombra efímera en el cristal perfecto y pulido.

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De pronto, un árbol naranja en una calle mirándome de frente, como una pequeña llama encendida en mitad de la indiferencia buscando arder no para destruir, sino para llenarlo todo de luz. Mirándome y pidiéndome una foto. Obedezco.

Ahora ya en casa lo miro. Lo transformo. Lo literaturizo. Lo miento. Para que lo veáis tan fugaz y tan iluminador como yo lo he visto en esa fracción de segundo en la que hemos dialogado.

arbol madrid semana santa

Porque de eso, de la búsqueda y la pasión y el descubrimiento y el chispazo de fuego, trata este oficio. Y el paseo y el camino.

 

Cueva

Cuenta la leyenda que fue un viejo pastor quien descubrió aquella cueva en el corazón del bosque en lo alto del monte cuando estaban pastando las ovejas.
Buscaba un sitio donde pasar la noche; detrás de unos arbustos encontró el agujero negro, profundo y oscuro, excavado en una roca. “Este será mi refugio”, y quedó dormido.
Dicen que al día siguiente despertó el pastor en la cueva. Salió afuera esperando encontrar sus ovejas. Pero no había bosque, ni plantas, ni animales, ni rocas. Su cueva estaba ahora en mitad del desierto con el sol brillando en lo alto y rodeada de dunas fabricadas de viento.
Cuenta la leyenda que allá donde durmiera el pastor en su cueva, cada vez despertaba en un lugar distinto. Cueva y pastor, refugio y hombre, siempre estaban juntos, siempre en el mismo sitio y siempre en uno nuevo.

Perro muerde perro

Esta mañana en General Ricardos a la altura del cruce con Iglesia, un perro enorme ha enganchado a otro pequeño y nervioso del cuello y no lo soltaba. Los aullidos del perropatada histérico se escuchaban por toda la calle y un par de señoras que salían de la frutería – una con dos bolsas, otra con un carrito de cuadros – se han quedado mirando escandalizadas. Los dueños no eran capaces de separar a los animales y los gritos del perrillo se volvían cada vez más agudos y desesperados, parecían los de un bebé. Perros y dueños tenían los ojos llenos de lágrimas y el corazón, de furia e impotencia.

Un señor que estaba sentado en la terraza del bar tomando una caña con un palillo encajado entre dos dientes y criticando a los políticos por no formar gobierno después de varios meses ha interrumpido su discurso en mitad de una palabrota y se ha acercado para intentar separarles. El perro gigante no abría la boca y la señora de las bolsas de plástico se han unido al llanto de los dueños. El señor cliente, ante la mirada de su camarero habitual y otros parroquianos del bar “Los Chamizos”, sin dejar el palillo un solo instante, ha intentado meter los dedos por la comisura de los labios del bicho, que apretaba los colmillos con tanta fuerza que no podía pasar ni el aire.

A nadie se le ha ocurrido sacar un cubo de agua y echárselo por encima a los perros. Parece que solo a mí, que estaba mirando desde la acera de enfrente y escribiendo esta crónica sin hacer nada al respecto porque soy un profesional de la observación y el frío análisis.

Ensayo

La soprano salta sobre las sedas tiradas por el suelo, se abraza a ellas y susurra “dónde está mi amor que se ha marchado y me ha dejado aquí sola con esto que fue un vestido de boda”. La soprano rabiosa rasga las blancas telas y rompe el ramo de rosas rojas. En la ópera los pétalos parecen pesar más; por eso, pausada y trágicamente, caen bailando para posarse en el escenario. Con gesto herido y ojos enrojecidos pierde el juicio la soprano y jura, sobre la vida de su hijo nonato, nunca volver a enamorarse.

El director corta la escena y le pide que coja un paño, que se mueva hacia la izquierda, que cuidado con el ramo, que mire al público, que gire un brazo, que acuérdate de lo que hablamos, que no olvide de la tragedia pero tenga todo esto en cuenta. La soprano aún con las manos sobre el vientre, escucha. “Recuerda que esto no es vida, sino arte. Recuerda que aquí no sirven las emociones, si no son controladas. Recuerda que en la ficción, la verdad no importa nada.”

Dublín

Esta nueva cafetería en la que estoy y cuyo nombre no he mirado tiene cristaleras enormes. Una vieja cruza por delante. Lleva una falda larga beige, unas zapatillas y un abrigo gris y va fumando un puro. Tiene el pelo blanco, camina encorvada. Quiero fotografiarla pero me quedo extasiada mirándola.

¿Conoces la historia? ¿Qué historia? La del irlandés aquel que se reía a carcajadas en la taberna, míralo ahí, golpeando el suelo con el pie, los ojos vidriosos llenos de lágrimas de alcohol, incapaz de pronunciar una sola palabra, temblándole la mandíbula aún de la risa que le ha contagiado el viejo capitán cuando ha comenzado a contar la historia aquella del niño que se echó a la mar con los pescadores de la costa y pensó que había picado – ¡ha picado! ¡ha picado! – gritaba y casi se hizo pis en los pantalones de lo nervioso que estaba y tiraba de la caña con sus pocas fuerzas (dos bracitos finos como dos ramas de manzano tenía el pequeño), tiraba y pedía ayuda y los pescadores se miraban desconcertados unos a otros pensando y diciéndose con los ojos y las frentes qué raro porque no suelen picar por esta zona pero nos acercaremos a ayudarle, y dicen que el muchacho tiraba y tiraba y resultó que lo que salió de allí era una sirena pero no una de esas jóvenes y voluptuosas cantarinas que te imaginas que seducían a Ulises sino una vieja, gorda y de mal genio que salió enganchada por la cola de pez que sangraba y comenzó a gritar histérica y el niño asustado vio cómo abría la sirena sus fauces enormes con cuatro colmillos espantosos y se lo tragó sin pensarlo dos veces: niño, caña y sirena se fueron al fondo del mar y con esta historia el capitán y el irlandés aquel de la taberna se reían y asustaban al mismo tiempo al niño que quería ser pescador y lanzarse al mar antes de saber que las sirenas son mezquinas y crueles y no debes creer lo que te cuenten sobre ellas, muchacho, porque la realidad es muy diferente, yo lo he visto con mis propios ojos, tomemos otra ronda y te contaré lo que le pasó al pequeño O’Brien que tenía tu edad pero medía dos palmos menos y por eso todos le llamaban Little O’Brien.

A veces la ficción irrumpe con toda su violencia en el mundo real pero ya no me da miedo. Estoy acostumbrada a la lucha interior y puedo dominar y conducir esa voz. Es la amenaza exterior la que realmente me da miedo. Que el camarero me eche o el lector se canse. Es el juicio ajeno el que me inquieta, no mis voces internas. A ellas las conozco, sé cómo hablarlas. Pero es difícil hablar hacia afuera.