Cueva

Cuenta la leyenda que fue un viejo pastor quien descubrió aquella cueva en el corazón del bosque en lo alto del monte cuando estaban pastando las ovejas.
Buscaba un sitio donde pasar la noche; detrás de unos arbustos encontró el agujero negro, profundo y oscuro, excavado en una roca. “Este será mi refugio”, y quedó dormido.
Dicen que al día siguiente despertó el pastor en la cueva. Salió afuera esperando encontrar sus ovejas. Pero no había bosque, ni plantas, ni animales, ni rocas. Su cueva estaba ahora en mitad del desierto con el sol brillando en lo alto y rodeada de dunas fabricadas de viento.
Cuenta la leyenda que allá donde durmiera el pastor en su cueva, cada vez despertaba en un lugar distinto. Cueva y pastor, refugio y hombre, siempre estaban juntos, siempre en el mismo sitio y siempre en uno nuevo.

Perro muerde perro

Esta mañana en General Ricardos a la altura del cruce con Iglesia, un perro enorme ha enganchado a otro pequeño y nervioso del cuello y no lo soltaba. Los aullidos del perropatada histérico se escuchaban por toda la calle y un par de señoras que salían de la frutería – una con dos bolsas, otra con un carrito de cuadros – se han quedado mirando escandalizadas. Los dueños no eran capaces de separar a los animales y los gritos del perrillo se volvían cada vez más agudos y desesperados, parecían los de un bebé. Perros y dueños tenían los ojos llenos de lágrimas y el corazón, de furia e impotencia.

Un señor que estaba sentado en la terraza del bar tomando una caña con un palillo encajado entre dos dientes y criticando a los políticos por no formar gobierno después de varios meses ha interrumpido su discurso en mitad de una palabrota y se ha acercado para intentar separarles. El perro gigante no abría la boca y la señora de las bolsas de plástico se han unido al llanto de los dueños. El señor cliente, ante la mirada de su camarero habitual y otros parroquianos del bar “Los Chamizos”, sin dejar el palillo un solo instante, ha intentado meter los dedos por la comisura de los labios del bicho, que apretaba los colmillos con tanta fuerza que no podía pasar ni el aire.

A nadie se le ha ocurrido sacar un cubo de agua y echárselo por encima a los perros. Parece que solo a mí, que estaba mirando desde la acera de enfrente y escribiendo esta crónica sin hacer nada al respecto porque soy un profesional de la observación y el frío análisis.

Ensayo

La soprano salta sobre las sedas tiradas por el suelo, se abraza a ellas y susurra “dónde está mi amor que se ha marchado y me ha dejado aquí sola con esto que fue un vestido de boda”. La soprano rabiosa rasga las blancas telas y rompe el ramo de rosas rojas. En la ópera los pétalos parecen pesar más; por eso, pausada y trágicamente, caen bailando para posarse en el escenario. Con gesto herido y ojos enrojecidos pierde el juicio la soprano y jura, sobre la vida de su hijo nonato, nunca volver a enamorarse.

El director corta la escena y le pide que coja un paño, que se mueva hacia la izquierda, que cuidado con el ramo, que mire al público, que gire un brazo, que acuérdate de lo que hablamos, que no olvide de la tragedia pero tenga todo esto en cuenta. La soprano aún con las manos sobre el vientre, escucha. “Recuerda que esto no es vida, sino arte. Recuerda que aquí no sirven las emociones, si no son controladas. Recuerda que en la ficción, la verdad no importa nada.”

Dublín

Esta nueva cafetería en la que estoy y cuyo nombre no he mirado tiene cristaleras enormes. Una vieja cruza por delante. Lleva una falda larga beige, unas zapatillas y un abrigo gris y va fumando un puro. Tiene el pelo blanco, camina encorvada. Quiero fotografiarla pero me quedo extasiada mirándola.

¿Conoces la historia? ¿Qué historia? La del irlandés aquel que se reía a carcajadas en la taberna, míralo ahí, golpeando el suelo con el pie, los ojos vidriosos llenos de lágrimas de alcohol, incapaz de pronunciar una sola palabra, temblándole la mandíbula aún de la risa que le ha contagiado el viejo capitán cuando ha comenzado a contar la historia aquella del niño que se echó a la mar con los pescadores de la costa y pensó que había picado – ¡ha picado! ¡ha picado! – gritaba y casi se hizo pis en los pantalones de lo nervioso que estaba y tiraba de la caña con sus pocas fuerzas (dos bracitos finos como dos ramas de manzano tenía el pequeño), tiraba y pedía ayuda y los pescadores se miraban desconcertados unos a otros pensando y diciéndose con los ojos y las frentes qué raro porque no suelen picar por esta zona pero nos acercaremos a ayudarle, y dicen que el muchacho tiraba y tiraba y resultó que lo que salió de allí era una sirena pero no una de esas jóvenes y voluptuosas cantarinas que te imaginas que seducían a Ulises sino una vieja, gorda y de mal genio que salió enganchada por la cola de pez que sangraba y comenzó a gritar histérica y el niño asustado vio cómo abría la sirena sus fauces enormes con cuatro colmillos espantosos y se lo tragó sin pensarlo dos veces: niño, caña y sirena se fueron al fondo del mar y con esta historia el capitán y el irlandés aquel de la taberna se reían y asustaban al mismo tiempo al niño que quería ser pescador y lanzarse al mar antes de saber que las sirenas son mezquinas y crueles y no debes creer lo que te cuenten sobre ellas, muchacho, porque la realidad es muy diferente, yo lo he visto con mis propios ojos, tomemos otra ronda y te contaré lo que le pasó al pequeño O’Brien que tenía tu edad pero medía dos palmos menos y por eso todos le llamaban Little O’Brien.

A veces la ficción irrumpe con toda su violencia en el mundo real pero ya no me da miedo. Estoy acostumbrada a la lucha interior y puedo dominar y conducir esa voz. Es la amenaza exterior la que realmente me da miedo. Que el camarero me eche o el lector se canse. Es el juicio ajeno el que me inquieta, no mis voces internas. A ellas las conozco, sé cómo hablarlas. Pero es difícil hablar hacia afuera.

La boda

Bailaba una extraña danza en medio de la sala de fiestas donde se celebraba la boda, con los fieros ojos de la suegra clavados en su nuca. Se retorcía por el suelo y se levantaba de un salto, echaba los hombros hacia adelante y giraba sobre sí misma, como poseída por algún espíritu africano que hubiera traído consigo de su reciente viaje desde el corazón de Kenia. Nadie se movía. Incluso el primo Paco, que había empezado la conga, se quedó impasible mirándola y acariciando automáticamente sin darse cuenta la pierna de la abuela del novio. Ella seguía agitándose salvajemente en el centro de la pista y la suegra sorbía lentamente un gin-tonic. Los novios se miraron angustiados. Quizá no había sido tan buena idea traer un chimpancé bailarín que animara la fiesta, se dijeron. Cuando volvieron la vista hacia la pequeña mona, que ahora se golpeaba el culo con las dos manos ante la mirada horrorizada de los invitados, no pudieron evitar soltar una carcajada. Por fin empezaban a divertirse.

Colección

Tenía una colección de sus miradas cronológicamente ordenadas. Las tenía expuestas en los pasillos de la memoria, estáticas como los cuadros de los pintores flamencos que vio en El Prado el día que se despidieron. Recorriéndolas una y otra vez, arriba y abajo, mirando las miradas, se preguntaba ahora qué hago con ellas.

don Plagio Rufianes

Don Plagio Rufianes nunca tuvo una idea propia. Se devanaba los sesos pero no había forma. Le parecía que cada palabra, cada sonido de cada letra había sido ya dicho antes y de mejor manera. Don Plagio no podía contar cuentos a sus sobrinos ni enviar cartas ni hacer la lista de la compra. Ante la pregunta más sencilla como cuál es tu nombre, don Plagio se ponía serio y respondía que no sabía exactamente pero tenía la esperanza de algún día descubrirlo. A veces optaba directamente por el silencio. Pero era tan vulgar estar callado y no decir nada, tan poco original. La boca cerrada le agobiaba y las frases sonaban desgastadas.

Don Plagio Rufianes decidió un día inventar un idioma. Consistía en una serie de parpadeos y miradas y guiños y giros con las pupilas de los ojos. A veces tomaba la mano de la persona que tenía enfrente, cogía su dedo índice y lo metía en el orificio izquierdo de la nariz. Eso significaba “te quiero”. Su novia no acababa de entenderlo y dudaba de que sus muestras de afecto fueran sinceras. Don Plagio entendió que no le entendían. Rompió con ella, abandonó a los sobrinos y se fue a la guerra. Pensó que enfrentándose a la muerte, cara a cara consigo mismo, encontraría aquello que nunca fue escrito, aquello que era solo suyo.

Cuando rayaba el alba y los soldados se acercaban sigilosos al campo enemigo, don Plagio sintió un fuerte escalofrío, como una lágrima de hielo que recorría su espalda. Alzó los ojos y el primer rayo de sol le obligó a cerrarlos. En aquel idioma inventado eso significaba “adiós muy buenas hasta aquí hemos llegado”. Don Plagio intuyó que era su momento, que no podría seguir buscando y que los sobrinos se quedarían definitivamente sin sus cuentos. Fue entonces cuando la palabra acudió a su boca, un sentimiento nunca antes descrito, una reflexión tan propia, tan profunda, tan sincera y única encerrada en un solo término…

Metamorfosis

Cuando un escritor te posee, su voz se mete dentro de tus intestinos, su lenguaje se fusiona extrañamente con el tuyo y empiezas a mutar lentamente, hasta que la transformación se hace evidente, tan palpable que a tu alrededor lo notan y te miran como si te estuvieras convirtiendo en insecto, en cucaracha, en un parásito repugnante que encerrar en una habitación y al que pasarle pedazos de tarta de cumpleaños por debajo de la puerta.
Cuando eso sucede, y eres incapaz de huir del escritor que ya ha penetrado en ti, con su incomunicación, su soledad y su profunda tristeza de atardecer y árboles ceniza, entonces, lo único que queda es emborracharse.
Beber como una cuba, bailar claqué en la barra del bar y gritar “hijo mío, hijo mío, cuánto te he buscado” a cualquiera que pase. Emborracharse y entrar en la inauguración de una exposición donde proyectan un corto de un padre que quiere matar a su hijo con un hacha porque es un tronco. Y el bebé tronquito berrea en la cuna, su padre amenaza con el hacha y la mujer le suplica compasión. Es imposible ver esta escena, con cuatro cervezas y dos gin-tonics encima, y no reírte a carcajadas, dando pisotones en el suelo y retorciéndote por las paredes de la exposición, ante la atónita mirada del cantante de Manos de Topo, que toma un piscolabis con tu jefe.
Cuando estás borracha, en medio de la Metamorfosis con tu propia metamorfosis, solo una viejecilla puede salvarte. Una abuela de metro cincuenta con joroba (un metro sin ella), con el brazo torcido, que parece salida de un teatro de marionetas de principios de siglo XX y roba cacahuetes de las mesas. Se acerca y susurra: “después de todo, lo más correcto es largarse.” Abre la boca para carcajearse y puedo ver los restos de cacahuetes en sus muelas. Se parte de risa en silencio, sin emitir el mínimo sonido. Quizá sí está emitiendo sonidos y yo no la oigo, quizá la señora en realidad sea alta y esbelta, quizá no he vivido nada de lo que he vivido porque estaba poseída por el escritor. Pero no importa si es verdad o mentira, basta con sentirse pequeño y silencioso, como un diminuto bichito que se aleja tambaleándose por una esquina, con sonrisa bobalicona de borracho, pensando que no hay nada como asomarse al abismo de cuando en cuando para mantener la cordura.

Ahedo

1.
Al despertar solo hay pájaros. Aún no ha amanecido y el pueblo abandonado, de calles mudas, sigue dormido. Abro las ventanas y salgo al balcón. Me siento en aquella silla en aquella esquina. Con la bata vieja raída que ya no abriga, miro al árbol solitario. La encina aislada en mitad del monte, rodeada de vacío. Por qué no creció a su alrededor ninguna planta. El árbol calla. Por qué esa distancia, esa ausencia. Se aleja un poco. Quizá no lo sabía. Quizá fui yo quien, con preguntas impertinentes, se lo dijo. Que era árbol y estaba solo.
2.
A media tarde las señoras se reúnen en la plaza. No hablan, cotorrean. Es el único sonido, en verano, junto al zumbido de las moscas. Rompen las señoras el largo silencio de otoño, primavera, invierno, de los pueblos abandonados. Hablan del pasado. Cuentan sus recuerdos en voz alta. No se escuchan unas a otras, se oyen solo a sí mismas diciendo cosas que ya saben. Como si repetir palabras resucitara el tiempo pretérito. Son las voces de las mujeres en verano como el rumor del agua de las fuentes, que fluye y no vuelve.
3.
Juegan los niños. Inocentes, curiosos. Les atraen los escondrijos, los huecos oscuros donde refugiarse y no ser encontrados. Los niños del pueblo descubren casetas de pastores, agujeros, madrigueras de conejos. Allí cuentan leyendas pero callan cuando pasan junto al cementerio. Tan enterrados, tan misteriosos y tan profundos son los corazones de los niños de los pueblos.
4.
En la noche, el árbol solitario arde. Junto a la hoguera, asan patatas y se tapan con mantas. Las dulces llamas naranjas abrazan los sueños de los que duermen. Las brasas encienden la mirada de los que aman. Y el árbol solitario se consume, como los días, como los niños, como los pueblos. Sin entender qué es el tiempo ni qué el recuerdo.

Codazos

Cuando un niño, comiendo uno de esos palitos de pan con pipas, se gira en el asiento del bus y te pregunta con lengua de trapo a bocajarro si tienes novio, es que la cosa va en serio.
He optado por el silencio y la sonrisa tierna.
Luego me ha preguntado si se me ha muerto alguien.
Sonrisa congelada y mirada de desconcierto.
Supongo que era porque iba de negro.
Su amiga le ha dado un codazo que intentaba ser discreto; el chico ha reaccionado rápido. “¿Cómo te llamas? Yo me llamo Luis.” Y después de intentar impresionarme mordisqueando con las paletas un palito de pan, a toda velocidad, como si fuera un ratoncillo hambriento, ha suspirado: “Marina, el amor de mi vida.” Otro codazo de la amiga. Amiga lista que luego cuchicheaba en la oreja del pobre romántico para que dijera más cosas y así seguir dando codazos.
Al ver que ni sus habilidades maxilares ni los ayes melancólicos acababan de conquistarme, se ha lanzado con el estribillo de “Tenía tanto que darte”, de Nena Daconte. En pleno autobús. A capella. Su abuela tirándole de la chaqueta. Y mi sonrisa, ante tanto despliegue de emociones, se ha vuelto desconfiada.
En esa espontánea declaración de amor, con preguntas inoportunas y migas de pan en las comisuras de los labios, ¿no había cierta ironía? ¿No era consciente ya desde un principio el chavalín de que en cinco paradas se acabó la historia, de que esto no iba a ninguna parte? ¿No estaba buscando una excusa para dar la brasa en el bus, que es lo que de verdad gusta a los niños, y no las señoras con gafas que visten de negro? ¿No era todo una farsa, divertida e ingenua, farsa?
Ajá.
Mi pretendiente grita de entusiasmo. Se rompe el hechizo. El conductor ha sacado la rampa y Luis – “Luigi en italiano”, había dicho el muy galán hacía dos minutos, – se queda absorto con la operación. La rampa sale automáticamente, se para en el suelo, sube una señora con silla de ruedas, vuelve a subir la rampa. El niño no aparta los ojos, embobado.
Nuevo codazo. “Pídele perdón. Dile que perdón por las molestias”, susurra la niña.
Luigi, el pequeño irónico, mirando de reojo por la ventana en busca de algo más interesante que yo misma o la recién descubierta y ya despreciada rampa, repite cuatro veces burlándose: “perdón, perdón, perdón, ¡perdón!”
No contesto. Sonrío, porque sé que todo era una broma y sé que él sabe que no me he enfadado en realidad.
Pero los dos también sabemos que hay que hacer caso a los mayores. Aunque son ellos los que no entienden, los que se empeñan en decir palabras que para nosotros no significan nada y quieren que las repitamos.

Los mayores, esas niñas dando codazos.