Zapatos

3 de noviembre
Al niño le ha dado por escuchar flamenco todo el día. Se pasa las horas dando palmas y gritando solo en su habitación. Ayer se compró varias camisas y pantalones negros, dice que a partir de ahora vestirá así. Ha pedido unos zapatos de flamenco, con tacón, para reyes. Su padre y yo estamos preocupados.
12 de noviembre
Cita con la profesora a las tres. Por lo visto el niño se sienta al fondo del aula y no hace otra cosa que fumar y garabatear en el cuaderno. No deja que nadie vea lo que escribe y llama “paya” y “prima” a la profesora. Igual le expulsan. He notado que las madres de sus amigos le empiezan a mirar raro.
14 de noviembre
Discusión fuerte. Le he pedido que ponga la mesa y me ha gritado que “ya no puedo aguantarme y ni vivir de esta manera, porque yo no puedo, porque yo no quiero ni aunque Dios lo quiera”. No entiendo a qué vienen estas reacciones desproporcionadas. Su padre le ha dado una colleja y le ha mandado a la cama sin cenar.
25 de noviembre
Al poner la lavadora he visto un papel que caía de uno bolsillos del pantalón. Era un billete de tren a Utrera para el próximo 20 de diciembre. Necesito hablar con él de una vez. En media hora llegará de sus clases de guitarra. Me he tomado una tila pero sigo de los nervios. Mi madre dice que son cosas de la adolescencia, que ya se le pasará. Este crío es un raro.
26 de noviembre
Estuvimos hablando durante un buen rato en la cocina, le dejé que fumara. Se echó a llorar y me dijo que no le entendemos, que no tenemos sensibilidad y que su sitio está en Utrera. Le he contestado que quien no tiene sensibilidad es él, insultando a la gente y montando gresca, y que si no puede ni siquiera hacerse cargo de su habitación cómo se va a ir a vivir él solo. Me ha mirado con rabia y compasión, una mirada muy larga, muy tensa, muy de cantante de flamenco. Después ha susurrado que somos incapaces de ver la vida desde las heridas. Así, tal cual, a la cara, como escupiendo: “no podéis ver la vida desde las heridas, y yo vivo en la llaga”. Me he quedado helada, sin saber qué responder.
Entonces se ha puesto a escribir como un loco en su cuaderno.
29 de noviembre
Creo que la conversación ha ayudado mucho. Sonríe algo más y ayer volvió a peinarse con gomina, como suele hacer cuando está de buen humor. Le he dicho a su padre que, aunque nos cueste, hay que evitar reírse de él y dejarle un poco tranquilo. A ver.
30 de noviembre
Le he visto en la plaza de la mano con Macarena, su compañera de clase.
Vaya jaleo por una cosa así… era evidente desde tercero de primaria, ya podía habérmelo contado.
Nada de zapatos de tacón en reyes, ni hablar.
Le regalamos un CD de Camarón y va que chuta.
Espero que se le pase pronto. Ya podía ser gótico o rastafari, como todo hijo de vecino, pero bueno. Caso cerrado.

don Plagio Rufianes

Don Plagio Rufianes nunca tuvo una idea propia. Se devanaba los sesos pero no había forma. Le parecía que cada palabra, cada sonido de cada letra había sido ya dicho antes y de mejor manera. Don Plagio no podía contar cuentos a sus sobrinos ni enviar cartas ni hacer la lista de la compra. Ante la pregunta más sencilla como cuál es tu nombre, don Plagio se ponía serio y respondía que no sabía exactamente pero tenía la esperanza de algún día descubrirlo. A veces optaba directamente por el silencio. Pero era tan vulgar estar callado y no decir nada, tan poco original. La boca cerrada le agobiaba y las frases sonaban desgastadas.

Don Plagio Rufianes decidió un día inventar un idioma. Consistía en una serie de parpadeos y miradas y guiños y giros con las pupilas de los ojos. A veces tomaba la mano de la persona que tenía enfrente, cogía su dedo índice y lo metía en el orificio izquierdo de la nariz. Eso significaba “te quiero”. Su novia no acababa de entenderlo y dudaba de que sus muestras de afecto fueran sinceras. Don Plagio entendió que no le entendían. Rompió con ella, abandonó a los sobrinos y se fue a la guerra. Pensó que enfrentándose a la muerte, cara a cara consigo mismo, encontraría aquello que nunca fue escrito, aquello que era solo suyo.

Cuando rayaba el alba y los soldados se acercaban sigilosos al campo enemigo, don Plagio sintió un fuerte escalofrío, como una lágrima de hielo que recorría su espalda. Alzó los ojos y el primer rayo de sol le obligó a cerrarlos. En aquel idioma inventado eso significaba “adiós muy buenas hasta aquí hemos llegado”. Don Plagio intuyó que era su momento, que no podría seguir buscando y que los sobrinos se quedarían definitivamente sin sus cuentos. Fue entonces cuando la palabra acudió a su boca, un sentimiento nunca antes descrito, una reflexión tan propia, tan profunda, tan sincera y única encerrada en un solo término…

Metamorfosis

Cuando un escritor te posee, su voz se mete dentro de tus intestinos, su lenguaje se fusiona extrañamente con el tuyo y empiezas a mutar lentamente, hasta que la transformación se hace evidente, tan palpable que a tu alrededor lo notan y te miran como si te estuvieras convirtiendo en insecto, en cucaracha, en un parásito repugnante que encerrar en una habitación y al que pasarle pedazos de tarta de cumpleaños por debajo de la puerta.
Cuando eso sucede, y eres incapaz de huir del escritor que ya ha penetrado en ti, con su incomunicación, su soledad y su profunda tristeza de atardecer y árboles ceniza, entonces, lo único que queda es emborracharse.
Beber como una cuba, bailar claqué en la barra del bar y gritar “hijo mío, hijo mío, cuánto te he buscado” a cualquiera que pase. Emborracharse y entrar en la inauguración de una exposición donde proyectan un corto de un padre que quiere matar a su hijo con un hacha porque es un tronco. Y el bebé tronquito berrea en la cuna, su padre amenaza con el hacha y la mujer le suplica compasión. Es imposible ver esta escena, con cuatro cervezas y dos gin-tonics encima, y no reírte a carcajadas, dando pisotones en el suelo y retorciéndote por las paredes de la exposición, ante la atónita mirada del cantante de Manos de Topo, que toma un piscolabis con tu jefe.
Cuando estás borracha, en medio de la Metamorfosis con tu propia metamorfosis, solo una viejecilla puede salvarte. Una abuela de metro cincuenta con joroba (un metro sin ella), con el brazo torcido, que parece salida de un teatro de marionetas de principios de siglo XX y roba cacahuetes de las mesas. Se acerca y susurra: “después de todo, lo más correcto es largarse.” Abre la boca para carcajearse y puedo ver los restos de cacahuetes en sus muelas. Se parte de risa en silencio, sin emitir el mínimo sonido. Quizá sí está emitiendo sonidos y yo no la oigo, quizá la señora en realidad sea alta y esbelta, quizá no he vivido nada de lo que he vivido porque estaba poseída por el escritor. Pero no importa si es verdad o mentira, basta con sentirse pequeño y silencioso, como un diminuto bichito que se aleja tambaleándose por una esquina, con sonrisa bobalicona de borracho, pensando que no hay nada como asomarse al abismo de cuando en cuando para mantener la cordura.

Ahedo

1.
Al despertar solo hay pájaros. Aún no ha amanecido y el pueblo abandonado, de calles mudas, sigue dormido. Abro las ventanas y salgo al balcón. Me siento en aquella silla en aquella esquina. Con la bata vieja raída que ya no abriga, miro al árbol solitario. La encina aislada en mitad del monte, rodeada de vacío. Por qué no creció a su alrededor ninguna planta. El árbol calla. Por qué esa distancia, esa ausencia. Se aleja un poco. Quizá no lo sabía. Quizá fui yo quien, con preguntas impertinentes, se lo dijo. Que era árbol y estaba solo.
2.
A media tarde las señoras se reúnen en la plaza. No hablan, cotorrean. Es el único sonido, en verano, junto al zumbido de las moscas. Rompen las señoras el largo silencio de otoño, primavera, invierno, de los pueblos abandonados. Hablan del pasado. Cuentan sus recuerdos en voz alta. No se escuchan unas a otras, se oyen solo a sí mismas diciendo cosas que ya saben. Como si repetir palabras resucitara el tiempo pretérito. Son las voces de las mujeres en verano como el rumor del agua de las fuentes, que fluye y no vuelve.
3.
Juegan los niños. Inocentes, curiosos. Les atraen los escondrijos, los huecos oscuros donde refugiarse y no ser encontrados. Los niños del pueblo descubren casetas de pastores, agujeros, madrigueras de conejos. Allí cuentan leyendas pero callan cuando pasan junto al cementerio. Tan enterrados, tan misteriosos y tan profundos son los corazones de los niños de los pueblos.
4.
En la noche, el árbol solitario arde. Junto a la hoguera, asan patatas y se tapan con mantas. Las dulces llamas naranjas abrazan los sueños de los que duermen. Las brasas encienden la mirada de los que aman. Y el árbol solitario se consume, como los días, como los niños, como los pueblos. Sin entender qué es el tiempo ni qué el recuerdo.

Codazos

Cuando un niño, comiendo uno de esos palitos de pan con pipas, se gira en el asiento del bus y te pregunta con lengua de trapo a bocajarro si tienes novio, es que la cosa va en serio.
He optado por el silencio y la sonrisa tierna.
Luego me ha preguntado si se me ha muerto alguien.
Sonrisa congelada y mirada de desconcierto.
Supongo que era porque iba de negro.
Su amiga le ha dado un codazo que intentaba ser discreto; el chico ha reaccionado rápido. “¿Cómo te llamas? Yo me llamo Luis.” Y después de intentar impresionarme mordisqueando con las paletas un palito de pan, a toda velocidad, como si fuera un ratoncillo hambriento, ha suspirado: “Marina, el amor de mi vida.” Otro codazo de la amiga. Amiga lista que luego cuchicheaba en la oreja del pobre romántico para que dijera más cosas y así seguir dando codazos.
Al ver que ni sus habilidades maxilares ni los ayes melancólicos acababan de conquistarme, se ha lanzado con el estribillo de “Tenía tanto que darte”, de Nena Daconte. En pleno autobús. A capella. Su abuela tirándole de la chaqueta. Y mi sonrisa, ante tanto despliegue de emociones, se ha vuelto desconfiada.
En esa espontánea declaración de amor, con preguntas inoportunas y migas de pan en las comisuras de los labios, ¿no había cierta ironía? ¿No era consciente ya desde un principio el chavalín de que en cinco paradas se acabó la historia, de que esto no iba a ninguna parte? ¿No estaba buscando una excusa para dar la brasa en el bus, que es lo que de verdad gusta a los niños, y no las señoras con gafas que visten de negro? ¿No era todo una farsa, divertida e ingenua, farsa?
Ajá.
Mi pretendiente grita de entusiasmo. Se rompe el hechizo. El conductor ha sacado la rampa y Luis – “Luigi en italiano”, había dicho el muy galán hacía dos minutos, – se queda absorto con la operación. La rampa sale automáticamente, se para en el suelo, sube una señora con silla de ruedas, vuelve a subir la rampa. El niño no aparta los ojos, embobado.
Nuevo codazo. “Pídele perdón. Dile que perdón por las molestias”, susurra la niña.
Luigi, el pequeño irónico, mirando de reojo por la ventana en busca de algo más interesante que yo misma o la recién descubierta y ya despreciada rampa, repite cuatro veces burlándose: “perdón, perdón, perdón, ¡perdón!”
No contesto. Sonrío, porque sé que todo era una broma y sé que él sabe que no me he enfadado en realidad.
Pero los dos también sabemos que hay que hacer caso a los mayores. Aunque son ellos los que no entienden, los que se empeñan en decir palabras que para nosotros no significan nada y quieren que las repitamos.

Los mayores, esas niñas dando codazos.

Magical Girl

Seréis como dioses significa “tendrás eso, serás ese
Solo un fallo, un capricho, una carencia, un deseo que busca desesperadamente ser satisfecho.
Y todo se desarma.
La historia se repite.
Malditos, lanzados al destierro, somos a la vez víctima y verdugo.
Marcados como Caín, sus herederos.
Después de ver Magical Girl, de Carlos Vermut, 2014

El patio

La paloma apareció en mitad del patio con un agujero que le atravesaba el cuello. “Una pedrada de esos malditos bestias” pensó mientras barría el cadáver y lo tiraba al cubo de basura, junto al confeti sucio y los farolillos rotos que ayer adornaban las fachadas del patio.
   Se secó el sudor del cuello con un trapo y lo guardó en el bolsillo derecho. Notó una gota que le recorría la espalda debajo del mono, y otra y otra y otra, una lluvia incesante, como si la prenda de ropa hubiera creado un invernadero en su propio cuerpo que solo generaba más calor y humedad. Caminaba despacio por el patio.
    Detrás de un árbol seco encontró un ratón del tamaño de su pulgar, con el cráneo aplastado y la cola estirada. Pisó con fuerza los gusanos que ansiosamente se acercaban al pobre animalillo. “Dejadle tranquilo”. Había algo amenazante en su cariñoso susurro.
Tenía sed. Un rayo de sol se le clavaba directamente en la nuca y le perseguía mientras barría. Los arbustos estaban secos, la tierra agrietada y en las comisuras de sus labios se acumulaba una baba espesa y blanca. Se acercó a la fuente vacía en medio del patio. Entre las grietas de la fuente asomaba el musgo que la falta de humedad había vuelto marrón y quebradizo. Escupió un salivazo denso, directo a una hormiga que escalaba por la piedra. La saliva resbaló muy lentamente y cayó en un agujero en la tierra. El agujero tenía un centímetro de diámetro y cierta profundidad, parecía un nido de serpiente.
    El barrendero hurgó con el palo de recoger hojas. Efectivamente, una culebra salió disparada y en cuestión de segundos se le metió por el pantalón. La culebra subía como loca por la pierna izquierda. Sintió la piel escamada del reptil trepar por su rodilla y trató inútilmente aplastarla con la mano, a través de la tela del pantalón. Si le picaba, estaba perdido. Metió la mano por la entrepierna, agarró al bicho por la cabeza, lo estrujó y, una vez fuera, comenzó a golpearlo, varias veces, contra la piedra de la fuente donde antes había escupido. Golpeaba con la fuerza del pánico y de la ira. Luego la lanzó lejos. Oyó su cuerpo chocar contra el muro que cercaba el patio.
   Volvió a remover la tierra del agujero con el palo. Dentro había un pequeño huevo gris con motas pardas. Levantó las cejas y sonrió torcidamente, como diciendo “lo sabía” pero sin abrir la boca, para no distraerse de su nuevo objetivo. Se agachó y cogió el huevecillo con dos dedos. Lo puso en la palma de la mano y cerró el puño. Fueron diez segundos. Cuando rompió aquella fina membrana que dentro del huevo cubría al feto, notó cómo el líquido amniótico resbalaba entre sus dedos. Recordó una sensación similar, cálida y protectora, de seguridad e inocencia plena… aquel agua templada abrazando su cuerpo de niño en los baños de los domingos de verano. Volvió a abrir la palma de la mano y, con los ojos llenos de lágrimas, se detuvo a contemplar el pequeño embrión de culebra sin vida.
Dejó que el animal cayera al suelo del patio, de aquel patio del infierno en el que la ternura y la crueldad eran inseparables, en el que se odiaban y se amaban porque era lo único que tenían, en el que el hombre luchaba hasta la muerte para luego renacer, y así constantemente.

Entrevista a Nerea Pallares

El próximo 29 de octubre a las 20.30h la escritora y amiga Nerea Pallares presenta su libro Sidecaren la librería La Caníbal en Barcelona. Este primer libro de la autora ha alcanzado su segunda edición, está publicado por Ediciones Oblicuas y puede comprarse online. Es una recopilación de relatos cortos que exploran el tema de la cotidianidad y las relaciones humanas a través de una mirada irónica, a veces amarga, que crea una atmósfera de desencanto donde podemos reconocer la voz de una época.
Aprovechando la excusa de la presentación en esa Barcelona tan encantadora y tan desencantada, he decidido hacer una entrevista a Nerea para intentar emular alguna de nuestras conversaciones (con cerveza-beer) en las placitas de Gràcia. Aquellas conversaciones en las que, como hace Nerea en Sidecar, mirábamos nuestro día a día con los ojos de quien no pierde detalle. Como si nos fuera la vida – o la escritura – en ello.
Los relatos que presentas en Sidecar son una recopilación de narraciones que has escrito en los últimos años. ¿De qué año es el relato más antiguo? ¿Cuándo comenzó el proyecto de Sidecar?
El relato más antiguo es del 2012 pero el resto de narraciones que componen la obra fueron escritas, por lo general, a lo largo de los últimos dos años. Sidecar no fue concebido como un proyecto concreto y previamente definido, sino que, como antología, ha ido tomando forma de manera imprevista, flexible y espontánea, siempre permeable a las necesidades expresivas a las que cada relato respondió en un momento determinado; ya que, como obra iniciática, supongo que es inevitable encontrar reflejado en ella, en parte, el proceso de experimentación y búsqueda de una voz narrativa propia.
¿Por qué has decidido publicar ahora el libro? ¿Qué circunstancias te han llevado a decir “este es el momento de publicar”?
Más que una decisión ha sido una oportunidad. Fue la propia editorial quien me ofreció la posibilidad de publicar el libro después de conocer los relatos a través de su concurso literario. Supongo que ese “momento de publicar” es simplemente aquel en el que te apetece compartir las narraciones que dan vida a tu modo de comprender y hacer literatura en ese instante, aun siendo consciente de que esa visión personal cambiará —y además creo que es lo deseable— con el paso del tiempo y que lo que escribas en los siguientes cinco, diez o quince años, tenga ya muy poco que ver con lo anterior. Sin embargo, creo que es muy interesante observar ese proceso y publicar te da la oportunidad de hacerlo visible.
En alguna entrevista has dicho que uno de los temas que recorren tu libro es la precariedad, “que va más allá de una precariedad laboral para convertirse en una precariedad emocional”. Me llama particularmente la atención la manera en que tratas la crisis de los vínculos familiares (en “El almuerzo”, por ejemplo) y de la amistad (en “Peces y pájaros”). ¿Qué crees que está pasando con la manera en que nos relacionamos actualmente?
Creo que de algún modo la precariedad se ha convertido en un signo epocal, trascendiendo el plano de lo profesional —una precariedad de la que se ha hablado ya hasta la saciedad pero sin llegar a hacer efectiva todavía ninguna solución real, por cierto— hasta llegar a lo emocional, debilitando la fortaleza de los vínculos humanos y las referencias necesarias que nos permiten saber quiénes somos, y haciéndolos cada vez más efímeros y vulnerables al cambio impredecible que dicta un entorno acelerado y muchas veces kamikaze. Y claro, este tipo de precariedad —de las relaciones interpersonales, de la identidad, de lo espiritual— no es un asunto de Estado, así que no está en el discurso informativo ni en ningún tipo de circuito oficial. Y tal vez sea mejor así, por el momento, para que la propuesta de alternativas no se contamine. Por suerte, se le presta atención desde el arte, la filosofía, la sociología… desde todas aquellas disciplinas que piensan, verdaderamente, lo humano. Pero no quiero sonar tremendista; muy al contrario, creo que toda crisis es, en realidad, un síntoma y una oportunidad. Una señal de que no estamos en el camino correcto y, por consiguiente, la posibilidad de hacer un ejercicio de escucha, autocrítica, redefinición y cambio.
Considero que Sidecar es un libro contemporáneo, en el sentido de que se dirige claramente a personas de nuestra edad, pero también a quienes hayan tenido ciertas experiencias vitales, como ese “éxodo” que se está produciendo hacia países como Reino Unido, Irlanda, Alemania… en busca de algo que no encuentran en España. Estoy pensando en el relato “Cork y las burbujas”. ¿Cómo fue tu experiencia en Cork? ¿Qué piensas sobre esta especie de exilio que estamos sufriendo desde hace años?
Supuso la oportunidad de vivir el exilio actual en primera persona, poco después —por cierto— de que Marina del Corral hiciera aquellas declaraciones tan divertidas en las que aseguraba que los jóvenes emigraban por espíritu aventurero. Aprendí mucho de la experiencia; conocí a muchos expatriados de todo el mundo a los que tal condición les había vuelto, también, un poco “apátridas” al tener vetada la posibilidad de establecer, una vez más, una referencia sólida y perenne con respecto a un lugar y a un núcleo de sentido. En mi caso, yo considero que sí tengo un espíritu aventurero y que probablemente habría vivido igual en el extranjero aunque la situación económica fuese favorable. Pero una cosa es viajar por curiosidad y ganas de conocer otras realidades y otra muy distinta es hacerlo obligada por las circunstancias. El único nombre para eso es exilio —aunque un exilio silencioso, atípico y al margen de las estadísticas— que se hace siempre por necesidad y no por voluntad y ante lo cual no podemos obviar lo evidente de la realidad; que el sistema actual nos arrebata la libertad positiva, la capacidad de elegir. El aprendizaje más importante que me proporcionó la experiencia es que las únicas actitudes que no pueden tener cabida ante esto son la indiferencia y la resignación.
Un motivo recurrente en tus relatos, que me ha llamado la atención, es la imagen del pájaro. ¿Por qué esta imagen? ¿Qué representa para ti?
Es una imagen polivalente, con diferentes implicaciones según el relato del que se trate; pues el aspecto simbólico de los pájaros de “Jaula para canarios”, de los que se dice que “las aves encarnan todas las posibilidades, son lo más parecido que conozco al infinito”, difiere del significado del pájaro sin cabeza que, en “El almuerzo”, yace en el patio, picoteado por las moscas, mientras los comensales permanecen indiferentes, salvo aquel que tiene “un pájaro atascado en la garganta”. Lo que los une, efectivamente, como motivo recurrente —y casi obsesivo— es su cualidad de llamar la atención sobre algún aspecto de lo humano y del entorno que había pasado desapercibido. En Sidecar, los pájaros acuden para desnaturalizar lo cotidiano y volver a llamar la atención sobre algún matiz oculto u olvidado.
Siguiendo con las imágenes, en tu estilo narrativo es muy frecuente que encadenes imágenes una detrás de otra como en una sucesión de fotografías. He escuchado que de pequeña, antes de escribir, solías dibujar viñetas. ¿Cómo es tu proceso creativo, qué te inspira y qué detalles suelen llamar tu atención en el día a día para luego incorporarlos a los relatos?
Lo que me interesa de ciertas imágenes —literarias o no— es la capacidad evocativa y la posibilidad de sugerir en lugar de mostrar. No me hago muy consciente de mi proceso creativo —si es que se le puede llamar así y existe como tal—, pero sé que lo que me inspira es conocer todo tipo de situaciones, ambientes y personas que contrasten con la realidad ya conocida, que me permitan comprender lo diferente. Lo que me mueve es siempre la curiosidad.
Sé que estás haciendo una investigación académica sobre el tema del absurdo. ¿Por qué no es absurdo escribir? ¿Qué sentido le das actualmente a tu actividad literaria?
Está relacionado con lo anterior. Lo que me inspira —y además me divierte— es, precisamente, aquello que es aparentemente ilógico, en ocasiones surrealista, que irrumpe de pronto para hacer que nos replanteemos el sentido del orden imperante. La literatura, como el absurdo, reinventa y crea nuevas realidades. A mí me ofrece la posibilidad de configurar un imaginario y una mirada en la que reconocerme, por lo que, de alguna manera, escribir es dar sentido.

Portland St/Chorlton St

Escribo desde una parada de autobús.

Me fascinan los autobuses urbanos.

Me fascina recorrer la ciudad sentada observando riadas de gente que camina, que habla, que sube al autobús y baja, que mira en silencio, madres con niños, borrachos, abuelas.
Las rutas de los autobuses son los vasos sanguíneos de las ciudades.
Las ciudades son seres vivos con una biografía, una forma de ser y un ADN. Las personas son sus genes.
Y a mí me gusta analizarlos.
En mi análisis subjetivo, superficial e impreciso, ya hay varios grupos de viajeros-genes clasificados.
Encabeza el listado el grupo de mendigos.
Pero no me refiero a cualquier mendigo de los que pueblan las estaciones de tren y las esquinas de las grandes avenidas, sino ese grupo más reducido y que puede pasar fácilmente desapercibido en Manchester: los hombres de barba larga y greñas con un brillo de genialidad en sus ojos, de esa genialidad próxima a la locura, que a veces asusta y a veces enternece.
Hoy me he encontrado con dos.
Uno era un pasajero del autobús. Llevaba una pipa en el bolsillo derecho y un paquete de tabaco en el izquierdo. Lo sé porque ha cargado la pipa durante el trayecto hasta Southern Cemetery, donde se ha bajado. Southern Cemetery es un cementerio enorme, precioso, abarrotado de lápidas por el que paso casi todos los días. Hipnotizada como estaba, viendo las manos blancas, callosas, huesudas del mendigo barbudo aplastando el tabaco, he tenido un impulso repentino de seguirle. Pero se me ha pasado enseguida. Me lo imagino caminando entre las lápidas sosteniendo la pipa con los labios, maldiciendo a los muertos y escupiendo de vez en cuando.
El segundo barbudo del día llevaba gafas. Unas gafitas pequeñas y redondas como las de John Lennon. Igual es él, no está muerto y sigue aquí, he pensado cuando, en la parada, se ha girado hacia mí y me ha preguntado si había llegado el autobús 23. Faltaban diez minutos. “He perdido el anterior por unos pocos minutos, por dos minutos, he visto cómo se iba”. Se sienta con un gesto de resignación, estirando las piernas. Lleva calcetines fucsias con rombos amarillos, deportivas blancas, un pantalón marrón de pana, un jersey polar azul y su cabeza es puro pelo blanco seco y desaliñado.
De pronto, tiene una idea. Lo noto porque me mira y sonríe un poco antes de decirme: “si me voy, seguro que aparece el autobús”. Me río, porque me asombra que esa teoría sobre los autobuses sea algo universal y porque él parece creer firmemente en ella y quiere demostrarme que es verdad. “Me voy a ir y el autobús va a aparecer”. Sale de la marquesina y camina unos pasos. Se gira. Aparece un autobús. El mendigo barbudo suelta un grito de emoción, me mira, se ríe, me fijo en que lleva las gafas casi en la punta de la nariz. Empieza a hacer señas al autobús. Es el número 16, pero él ni se da cuenta. Yo me río en silencio, algo cruel y algo triste. El conductor para y el mendigo le explica que esta esperando al 23, que lo siente, se ha equivocado. Vuelve al asiento de metal de la marquesina. Llega una señora elegante. El mendigo le pregunta si está esperando al 23, ella dice que sí y él vuelve a lanzar una teoría: “cuando dos personas o más esperan al mismo autobús, el autobús aparecerá”. Me recuerda a la máxima evangélica, y me parto. Unos minutos después, el mendigo, impaciente y empeñado en demostrar su teoría decide salir de la marquesina y alejarse para que llegue el autobús. Se aleja, se aleja, se aleja… Y llega el 23. La señora y yo subimos. Durante el viaje busco al mendigo desde la ventana, “dónde se habrá metido. Ahora volverá a la parada y dirá que ha perdido el autobús por dos minutos… Y tratará de demostrar su teoría otra vez y otra vez volverá a perderlo.”
Algunos, científicos, amantes de los cálculos y los datos empíricos, dirán que el autobús llegaba en diez minutos y punto.
Yo digo que, igual que mi clasificación de los genes-viajeros que habitan Manchester es tan subjetiva que resulta irrefutable, nadie sabrá nunca si el autobús vino porque le tocaba o porque el mendigo se alejó lo suficiente. Digo más. Quizá la única función de ese gen sea alejarse para que los demás puedan subir al autobús y la ciudad siga viviendo.